Antes de sentirnos solos dejamos de sentirnos parte de la vida

COLECCIÓN   🟩  Bienestar Social.

¿Cuándo empieza realmente la soledad?

Cuando pensamos en la soledad no deseada, solemos imaginar a una persona que vive sola, recibe pocas visitas o apenas mantiene contacto con otras personas.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja.

Hay personas que viven solas y no se sienten solas. Otras están rodeadas de gente y, sin embargo, experimentan una profunda sensación de aislamiento y de soledad vital.

Esta aparente contradicción nos recuerda que el bienestar social no depende únicamente del número de personas que tenemos alrededor, sino de cómo vivimos nuestras relaciones y del lugar que sentimos ocupar en la vida de los demás.

Quizá por eso la verdadera pregunta no sea cuándo una persona se queda sola.

La pregunta es otra. ¿Cuándo empieza realmente la soledad?

Mi experiencia me lleva a pensar que la soledad no suele ser el comienzo del problema, sino su consecuencia.

Muchas veces aparece al final de un proceso que empezó mucho antes.

Empieza cuando dejamos de sentir que seguimos formando parte de la vida de los demás.

Cuando dejamos de contar. Cuando dejamos de participar.

Cuando dejamos de ocupar un lugar significativo para otras personas.

La soledad es, con frecuencia, el síntoma visible de una pérdida previa de pertenencia.

Y comprender esto cambia profundamente nuestra manera de entender el bienestar social.

La necesidad de pertenecer forma parte de nuestra condición humana

Las personas no sólo necesitamos afecto o compañía.

Necesitamos pertenecer.

Sentir que formamos parte de una familia, de un grupo de amigos, de un vecindario, de una profesión, de una comunidad o de cualquier proyecto compartido que dé sentido a nuestra vida.

Buena parte de nuestra identidad se construye precisamente ahí.

No sólo sabemos quiénes somos por lo que pensamos o sentimos.

También nos reconocemos a nosotros mismos a través de los vínculos que mantenemos y del lugar que ocupamos en la vida de otras personas.

Necesitamos sentir que alguien nos espera.

Que nuestra presencia tiene valor. Si faltamos, notan nuestra ausencia y nos lo dicen,

Que seguimos siendo importantes.

Que todavía podemos aportar.

Por eso, cuando una persona deja de sentirse parte, no pierde únicamente relaciones.

También empieza a debilitarse una parte importante de su identidad, de su autoestima y de su calidad de vida.

La pérdida de pertenencia suele comenzar de forma silenciosa

Rara vez ocurre de golpe. Normalmente sucede poco a poco.

Ciertas transiciones personales lo favorecen. Por ejemplo, la jubilación modifica nuestras rutinas, pero también nuestros roles, nuestro sentido de valor y el distanciamiento o la pérdida de contacto con otras personas.

Los hijos organizan su propia vida.

Algunos familiares y amigos fallecen.

Y, a medida que envejecemos, pueden aparecer dificultades para desplazarnos.

Dejamos de frecuentar determinados lugares.

Y, por tanto, participamos menos.

Las invitaciones tal vez disminuyen.

Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de ocupar algunos espacios que durante muchos años habían formado parte de nuestra vida cotidiana.

No siempre vivimos estos cambios como una gran pérdida.

Pero muchas pequeñas pérdidas repetidas terminan enviándonos un mensaje muy sutil.

«Ya no cuentas tanto como antes.»

Y ese mensaje puede ir erosionando, lentamente, nuestro sentido de pertenencia.

Cuando dejamos de contar también empezamos a perder nuestro papel en la vida de los demás

Con frecuencia hablamos de la importancia de la participación social, pero quizá antes deberíamos hablar del lugar que seguimos ocupando en la vida compartida.

A lo largo de nuestra existencia desempeñamos muchos roles sociales.

  • Somos madres o padres.
  • Hijas o hijos.
  • Amigos.
  • Vecinos.
  • Profesionales.
  • Voluntarios.
  • Compañeros.
  • Personas que cuidan.
  • Personas que enseñan.
  • Personas a las que otros piden consejo.

Todos esos papeles nos ayudan a sentir que contamos para alguien.

Cuando vamos perdiéndolos y no aparecen otros nuevos que los sustituyan, no sólo disminuye nuestra participación.

También puede empezar a debilitarse nuestro bienestar social.

Porque dejar de participar muchas veces significa dejar de sentir que seguimos formando parte de la familia, del grupo de amigos o de la comunidad; es decir, dejar de sentir que seguimos formando parte de la vida.

La soledad no siempre aparece cuando faltan las personas

Con frecuencia pensamos que la solución consiste simplemente en aumentar el número de contactos.

Sin embargo, hay personas rodeadas de familiares que se sienten profundamente solas.

Y otras que viven solas y conservan un fuerte sentido de pertenencia.

La diferencia no suele estar en la cantidad de relaciones.

Está en la intimidad compartida, en los sentimientos que nos generan esos contactos y en la calidad de los vínculos.

Y, sobre todo, en la sensación de seguir ocupando un lugar significativo en la vida compartida.

Quizá la pregunta importante no sea:

¿Con cuántas personas se relaciona una persona?

Sino otras muy distintas.

  • ¿Quién cuenta con ella?
  • ¿Quién espera su llamada?
  • ¿Quién le pide consejo?
  • ¿Quién reconoce lo que todavía puede aportar?
  • ¿Quién la hace sentir necesaria?

Porque sentirse parte significa mucho más que estar acompañado.

  • Significa seguir teniendo un lugar.
  • Seguir influyendo.
  • Seguir contribuyendo.
  • Seguir construyendo vida junto a otras personas.

Y aquí aparece una idea que considero especialmente importante.

El bienestar social no consiste únicamente en recibir apoyo cuando lo necesitamos. También consiste en seguir pudiendo aportar algo valioso a los demás.

Recibir y contribuir forman parte de la misma experiencia humana.

La exclusión cotidiana: cuando dejamos de participar sin darnos cuenta

Existe una forma de exclusión de la que hablamos muy poco.

No suele aparecer en las estadísticas.

Ni siempre resulta visible.

Es la exclusión cotidiana.

  • Empieza cuando otras personas comienzan a decidir por nosotros sin preguntarnos.
  • Cuando dejamos de opinar porque pensamos que ya no se nos escucha o que ya no merece la pena hacerlo.
  • Cuando ya nadie espera que aportemos una idea.
  • Cuando se organizan encuentros sin contar con nosotros.
  • Cuando dejamos de asumir responsabilidades que antes nos hacían sentir útiles.
  • No ocurre de un día para otro.
  • Sucede lentamente.

Y precisamente por eso muchas veces pasa desapercibida.

Antes de aparecer la soledad no deseada suele producirse una pérdida de participación, de reconocimiento, de rol social y de pertenencia.

El bienestar social también se construye a lo largo de toda la vida

Hay otra reflexión que considero especialmente importante.

Con frecuencia hablamos de la soledad como si fuera un problema propio de la vejez. Sin embargo, creo que esa mirada llega demasiado tarde.

El bienestar social se construye durante toda la vida.

  • Cada amistad que cuidamos.
  • Cada vecino con quien mantenemos una relación de confianza.
  • Cada espacio comunitario en el que participamos.
  • Cada persona con la que compartimos tiempo, proyectos o experiencias.
  • Cada oportunidad de colaborar, ayudar o sentirnos útiles.

Todo ello va configurando una red de relaciones, oportunidades y vínculos que, muchas veces sin ser plenamente conscientes de ello, termina sosteniendo buena parte de nuestro bienestar social, psicológico, emocional y espiritual y, por tanto, de nuestra calidad de vida.

Cuando llegamos a la gran vejez es normal que algunas de esas oportunidades de relación desaparezcan, se hagan más esporádicas o perdamos algunos espacios de participación.

Eso forma parte del propio proceso de envejecer.

Precisamente por eso resulta tan importante cómo llegamos a esa etapa.

Quien ha ido cultivando relaciones significativas, participando en la comunidad y construyendo vínculos sólidos tendrá más posibilidades de seguir encontrando lugares donde sentirse reconocido, valioso y parte de la vida.

Por el contrario, si esa red ya era muy frágil muchos años antes, las pérdidas propias del envejecimiento pueden hacer mucho más probable la aparición de la soledad.

Aquí me gusta introducir dos ideas que desarrollaré con más profundidad en otros artículos de esta colección.

La primera es la del capital relacional: el conjunto de relaciones, vínculos, oportunidades de participación y sentimientos de pertenencia que una persona ha ido construyendo a lo largo de su vida y que constituye uno de los recursos más importantes para sostener su bienestar cuando envejece.

Del mismo modo que hablamos de reserva cognitiva o de reserva funcional, creo que también podemos hablar de reserva relacional, ese capital de relaciones significativas que nos ayuda a afrontar mejor las pérdidas inevitables que acompañan frecuentemente la vida y el envejecimiento.

Por eso creo que deberíamos hablar mucho más de prevención.

No sólo de prevenir enfermedades o situaciones de dependencia.

También de prevenir la pérdida de bienestar social.

Necesitamos desarrollar iniciativas socioeducativas y comunitarias que ayuden a las personas adultas a tomar conciencia de que las relaciones importantes no aparecen por casualidad ni permanecen vivas por sí solas.

Las relaciones importantes necesitan tiempo, cuidado,  presencia y dedicación.

Quizá todos deberíamos preguntarnos, de vez en cuando:

  • ¿Estoy cuidando las relaciones que realmente sostienen mi vida?
  • ¿Estoy dedicando tiempo a las personas y a los entornos que son verdaderamente importantes para mí?
  • ¿Estoy construyendo hoy el capital relacional que me sostendrá también en el futuro?

Porque las relaciones no sólo nos acompañan.

Con mucha frecuencia son las que nos sostienen.

Y cuanto antes empecemos a cuidar ese capital relacional y esa reserva de relaciones, mayores serán las oportunidades de seguir encontrando sentido, pertenencia y participación cuando la vida vaya cambiando.

Una pausa para mirar y comprender

Te propongo detenerte un momento.

Durante los próximos días observa a alguna persona mayor con la que convivas, trabajes o con la que te encuentres habitualmente.

No centres tu atención en su edad, en sus enfermedades o en sus limitaciones.

Observa otras cosas.

  • ¿Quién la llama simplemente porque le apetece hablar con ella?
  • ¿Quién le pide ayuda o consejo?
  • ¿Quién reconoce lo que todavía sabe hacer?
  • ¿Quién cuenta con ella para tomar decisiones?
  • ¿Dónde puede seguir aportando algo que otros valoran?
  • ¿En qué momentos parece sentirse verdaderamente viva?

Ahora cambia la mirada. No pienses únicamente en esa persona.

Piensa también en ti.

  • ¿Quién cuenta contigo?
  • ¿Dónde sientes que perteneces?
  • ¿Qué relaciones estás cuidando hoy que puedan sostenerte también mañana?
  • ¿Qué estás haciendo para fortalecer tu capital relacional y tu reserva de relaciones?

Quizá descubras que muchas de las decisiones cotidianas que tomamos hoy tendrán una enorme influencia sobre nuestro bienestar social de mañana.

Aprender a mirar también es una forma de conocer

Durante más de treinta años he aprendido leyendo investigaciones, estudiando, dialogando con profesionales y acompañando a organizaciones, familias y personas mayores.

Todo ese conocimiento ha sido imprescindible.

Pero también he aprendido observando pequeñas escenas cotidianas que nunca aparecerán en un artículo científico.

Una conversación entre vecinos.

Una llamada inesperada que nos alegra el día o incluso la semana.

Una persona que vuelve a sentirse útil porque alguien le pide ayuda.

Un gesto de reconocimiento. Una decisión compartida.

La gerontología necesita evidencia científica. Sin ella no podríamos avanzar.

Pero también necesita aprender de la vida.

Hay conocimientos que sólo aparecen cuando observamos con atención cómo las personas mantienen sus relaciones, afrontan las pérdidas, encuentran nuevos sentidos o siguen participando en la vida de quienes las rodean.

Ésa es también una forma de conocimiento.

Y me gustaría que esta colección te ayudara precisamente a desarrollar esa mirada.

Porque comprender el envejecimiento no consiste únicamente en acumular información.

También significa aprender a observar la vida con mayor profundidad.

Estas ideas también forman parte de mi trabajo profesional

Muchas de las reflexiones que comparto en este artículo forman parte de los procesos de consultoría, formación y acompañamiento que desarrollo con organizaciones, administraciones públicas y equipos profesionales interesados en mejorar la calidad de vida de las personas mayores desde un enfoque de Atención Integral Centrada en la Persona. Puedes conocer aquí mis propuestas de consultoría, formación y acompañamiento.

Una idea para seguir pensando

Quizá el mayor reto que tenemos como sociedad no sea únicamente evitar que las personas mayores se sientan solas.

El verdadero reto consiste en construir relaciones, familias, comunidades y entornos donde las personas podamos seguir teniendo un lugarseguir participandoseguir desempeñando un papel valioso y seguir contribuyendo de forma significativa a la vida de los demás.

  • Necesitamos seguir sintiendo que todavía podemos cuidar.
  • Enseñar.
  • Acompañar.
  • Decidir
  • Compartir
  • Dejar huella en otras personas y en nuestra comunidad.

Porque las personas no sólo necesitamos recibir. También necesitamos seguir aportando.

Creo que ésta es una de las formas más profundas de entender el bienestar social.

Por eso me gusta pensar que la soledad no suele ser el problema principal.

Con frecuencia es el síntoma de que, mucho antes, hemos ido perdiendo vínculos, oportunidades de participación, roles significativos y espacios de pertenencia.

Quizá ahí resida uno de los grandes desafíos de una sociedad que envejece.

No esperar a que aparezca la soledad para actuar.

Sino ayudar a las personas a construir, cuidar y fortalecer, desde mucho antes, su capital relacional, su reserva de relaciones y su sentido de pertenencia.

Porque antes de sentirnos solos solemos dejar de sentirnos parte de la vida.

Y quizá sea precisamente ahí, mucho antes de que aparezca la soledad no deseada, donde debamos empezar a cuidar el bienestar social, la participación, el rol social y, en definitiva, nuestra calidad de vida.

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