¿Qué nos están enseñando las nuevas investigaciones sobre envejecimiento, salud mental y salud cognitiva?

Quisiera comenzar con dos ideas sobre las que profundizaremos:

  • La salud mental y cognitiva de las personas mayores no puede entenderse ya únicamente desde el cerebro ni desde el diagnóstico.
  • La ansiedad, la depresión, el deterioro cognitivo, la fragilidad y la demencia son fenómenos complejos en los que interactúan factores biológicos, psicológicos, sociales, relacionales y ambientales.
  • Sin un enfoque integral e interdisciplinar no podemos acercarnos a esta complejidad, ni para comprenderla y mucho menos para intervenir y acompañar a las personas.

Deseo aclarar también que preocupada por si los profesionales estamos incorporando realmente estos avances a nuestra práctica profesional, a los servicios que diseñamos y a la información que ofrecemos a las familias, anuncio que va a ser una costumbre en mi blog, lanzar Preguntas a los profesionales “que corresponda” (dejo a cada lector y lectora si considere si le concierne o no, independientemente de su formación inicial, su rol o responsabilidad actual o el dispositivo donde se desempeña.

La importancia de la ansiedad y la depresión en las personas mayores.  Pero ¿las reconocemos cuando no se presentan como esperamos?

La ansiedad y la depresión son muy frecuentes en la vejez, especialmente en las mujeres. Sin embargo, con demasiada frecuencia no les damos la importancia que merecen. A veces se normalizan («es lógico a su edad», «con todo lo que le ha pasado…») y, además, suelen presentar características específicas que hacen que pasen desapercibidas.

Me parece importante insistir en el sufrimiento que generan ambas situaciones y en la necesidad de conocerlas mejor para identificarlas y abordarlas adecuadamente.

La ansiedad puede manifestarse de formas muy diversas en las personas mayores: síntomas físicos, temblores, miedo intenso, bloqueos cognitivos, inseguridad o evitación de actividades cotidianas. Existen además formas muy específicas de presentarse en esta etapa de la vida, como el síndrome poscaída y el miedo a salir de casa, la gerascofobia o miedo intenso a envejecer, la tecnofobia y la ansiedad digital, que limitan oportunidades de comunicación, aprendizaje y participación social.

También me llamó la atención la referencia a la vergüenza que muchas personas mayores sienten por sus dificultades tecnológicas y a la vulnerabilidad frente a las estafas digitales, un problema cada vez más frecuente y del que todavía hablamos poco.

La ansiedad es mucho más frecuente en las mujeres y conviene diferenciar entre aquellas personas que han tenido una trayectoria ansiosa durante gran parte de su vida y quienes desarrollan ansiedad en edades avanzadas, muchas veces desencadenada por acontecimientos vitales como duelos, caídas, institucionalización o enfermedades.

¿Cuántas veces somos realmente sensibles a estas pérdidas y transiciones vitales? ¿Cuánto acompañamos emocionalmente estos procesos?

También es importante recordar que la ansiedad puede ser secundaria a enfermedades orgánicas o a determinados fármacos.

Por su parte, la depresión tampoco siempre se presenta como tristeza. Puede manifestarse mediante irritabilidad, hostilidad, apatía, agitación, pesimismo o quejas cognitivas.

Existen múltiples formas de depresión en la vejez y requieren una evaluación cuidadosa. No deberíamos asumir que la depresión forma parte natural del envejecimiento.

La depresión puede conducir al suicidio. Por ello, la prevención exige reducir la soledad, garantizar apoyos accesibles y facilitar oportunidades de comunicación y ayuda cuando aparecen pensamientos suicidas. Del mismo modo, fomentar las relaciones sociales y la actividad física constituye una intervención preventiva de enorme valor que quizá todavía desarrollamos menos de lo que deberíamos.

Preguntas a los profesionales “que corresponda”:

  • ¿Estamos explorando e identificando adecuadamente la ansiedad en las personas mayores?
  • ¿Sabemos diferenciar una ansiedad de larga evolución de una ansiedad de inicio tardío?
  • ¿Pensamos en causas médicas o farmacológicas cuando aparece ansiedad?
  • ¿Podemos estar confundiendo ansiedad o depresión con deterioro cognitivo?
  • ¿Prestamos suficiente atención al miedo, la pérdida de confianza y la vulnerabilidad emocional tras una caída o una hospitalización?
Playa de las Canteras. Las Palmas de Gran Canaria.

El eje intestino-cerebro: una revolución conceptual que implica una nueva mirada a la salud mental y cognitiva

El cerebro envejece en interacción permanente con el sistema digestivo, la microbiota, el sistema inmunitario y el entorno.

Comparto algunas ideas que me resultaron especialmente interesantes:

  • El desarrollo cerebral está estrechamente vinculado a la microbiota.
  • La microbiota cambia a lo largo de toda la vida.
  • Las personas centenarias presentan perfiles microbianos distintos y potencialmente más favorables.
  • Gran parte de los neurotransmisores se producen en el intestino.
  • El sistema inmunitario intestinal mantiene una relación permanente con el cerebro.
  • La inflamación crónica parece actuar como mecanismo mediador en el envejecimiento, la ansiedad, la depresión y la neurodegeneración.

Todo ello abre un campo apasionante.

Por ejemplo, algunas alteraciones digestivas podrían actuar como síntomas prodrómicos de enfermedades neurodegenerativas, especialmente de la enfermedad de Parkinson. También se está investigando la capacidad de determinadas firmas microbianas para predecir la evolución hacia enfermedades neurodegenerativas, así como el papel de la permeabilidad intestinal en la aparición de síntomas de ansiedad y depresión.

De estas investigaciones surgen además nuevas estrategias preventivas: dietas ricas en fibra, uso de prebióticos, probióticos y postbióticos, e incluso posibles aplicaciones futuras de los trasplantes fecales.

Las evidencias acumuladas muestran cada vez con mayor claridad la estrecha relación existente entre inflamación, microbiota, ansiedad, depresión, deterioro cognitivo y enfermedades neurodegenerativas.

Cada vez parece más evidente que la salud cerebral depende mucho más de lo que ocurre en el resto del organismo de lo que habíamos imaginado.

Preguntas a los profesionales “que corresponda”:

  • ¿Estamos incorporando estos conocimientos a nuestra práctica profesional?
  • ¿Informamos a las familias sobre la importancia de la alimentación, la actividad física y la salud digestiva en relación con la salud mental y cognitiva?
  • ¿Tenemos en cuenta la inflamación como factor relevante?
  • ¿Qué papel debería tener la promoción de hábitos saludables en la prevención del deterioro cognitivo?
  • ¿Estamos preparados para integrar estas evidencias en programas formativos, actuaciones preventivas y estrategias comunitarias?
Templo Santuario de Santiago de los Caballeros en Gáldar. Gran Canaria

Fragilidad: la edad biológica importa más que la cronológica

Uno de los mensajes de la geriatría actual que más me impacta, pero que todavía no veo suficientemente incorporado en la práctica ni asumido socialmente, es que no todas las personas de la misma edad envejecen igual.

La fragilidad física, cognitiva y social predice mucho mejor numerosos resultados que la simple edad cronológica.

La reserva acumulada a lo largo de la vida —funcional, cognitiva y social— condiciona enormemente la capacidad de adaptación ante enfermedades, pérdidas o transiciones difíciles asociadas a la longevidad.

En este contexto me pareció especialmente interesante la aportación de la Dra. Mónica de la Fuente sobre la importancia del exposoma.

El exposoma hace referencia al conjunto de experiencias, exposiciones y circunstancias que acumulamos a lo largo de toda la vida y que terminan influyendo en nuestra salud, nuestra resiliencia y nuestra forma de envejecer.

La genética importa, pero no lo explica todo.

También influye: la alimentación, la calidad del sueño, la actividad física, el estrés acumulado, las relaciones sociales, la participación comunitaria, las oportunidades de aprendizaje, el entorno físico o el acceso a recursos y apoyos.

Dicho de otra manera, la salud cognitiva, emocional y física no se construye únicamente en la vejez. Se va configurando a lo largo de toda la vida.

Quizá por eso la fragilidad no depende solamente de la edad. También depende de cómo hemos vivido, de las oportunidades que hemos tenido y de las reservas físicas, cognitivas y sociales que hemos podido desarrollar.

Esta idea me parece especialmente relevante para la gerontología porque nos recuerda algo fundamental: las personas envejecen siempre en interacción con sus contextos de vida.

Preguntas a los profesionales “que corresponda”:

  • ¿Tenemos conciencia de la importancia de valorar de forma integral la fragilidad?
  • ¿Ajustamos nuestras intervenciones a la edad biológica de la persona?
  • ¿Prestamos atención a las quejas subjetivas, aunque todavía no existan alteraciones objetivables?
  • ¿Valoramos suficientemente las reservas físicas, cognitivas y sociales?
  • ¿Estamos personalizando realmente las intervenciones?
  • ¿Tenemos en cuenta la influencia de las trayectorias vitales, los contextos sociales y las oportunidades acumuladas a lo largo de la vida?
  • ¿Valoramos suficientemente la importancia de las relaciones sociales, la participación comunitaria o el aprendizaje continuo como factores protectores?

Los síntomas conductuales: ¿problemas o mensajes?

La apatía, la irritabilidad, la agresividad, el rechazo a los cuidados o el retraimiento suelen interpretarse como síntomas de enfermedad.

Sin embargo, cada vez resulta más evidente que también pueden expresar necesidades no cubiertas, sufrimiento emocional, aburrimiento, miedo, dolor, soledad, pérdida de sentido o dificultades de comunicación.

Preguntas a los profesionales “que corresponda”:

  • ¿Hasta qué punto estamos atentos a lo que la persona intenta comunicar?
  • ¿Estamos escuchando o intentando simplemente controlar la conducta?
  • ¿Analizamos cuánto influyen el entorno, las relaciones y la organización de los cuidados?
  • ¿Estamos buscando únicamente causas neurológicas?
  • ¿Cómo cambiaría nuestra intervención si viéramos estos comportamientos como formas de expresión?

Del conocimiento científico a la práctica cotidiana

Personalmente tengo muy claro que el desafío más importante no es generar nuevo conocimiento, sino lograr aplicarlo para mejorar las relaciones, las prácticas profesionales, las organizaciones y las políticas.

Preguntas a los profesionales “que corresponda”:

  • ¿Estamos realmente al día e incorporando estos avances a nuestra forma de mirar e intervenir?
  • ¿Se integran los nuevos conocimientos que traemos de los eventos científicos en nuestros modelos de atención?
  • ¿Afectan a la mirada y a la forma de trabajar de los equipos interdisciplinares?
  • ¿Mejoran la coordinación entre recursos y ámbitos de intervención?
  • ¿Estamos ofreciendo esta información a las familias y a las propias personas mayores?
  • ¿Qué cambios deberían generalizarse en los servicios y organizaciones de cuidados?

Reflexión final

Necesitamos seguir ampliando la mirada y la comprensión interdisciplinar porque, cuanto más sabemos, más evidente resulta que la salud mental y cognitiva:

  1. No depende únicamente del cerebro, sino que el eje intestino-cerebro parece desempeñar un papel mucho más relevante de lo que imaginábamos.
  2. También depende de la fragilidad, de la alimentación, del sueño y de otros procesos biológicos que interactúan entre sí.
  3. Así como de las relaciones, de la historia de vida, del entorno, de la participación social y del sentido que cada persona encuentra en su vida.

La noción de exposoma nos recuerda precisamente esto: que no envejecen solo nuestros órganos o nuestras células. También envejecen nuestras experiencias, nuestros vínculos, nuestros hábitos y las oportunidades que hemos tenido para desarrollarnos y participar en la sociedad.

¿Estamos dispuestos a reconocer todo lo que todavía no sabemos y, una vez conocido, a transformar nuestras prácticas a la luz de las nuevas evidencias?

Para mi, el reto ya no consiste únicamente en generar nuevo conocimiento. El verdadero desafío es traducirlo en mejores políticas, mejores prácticas profesionales, mejores apoyos a las familias y mejores oportunidades para que las personas puedan vivir y envejecer con bienestar, dignidad y sentido.

Simposio Trastornos de salud mental: Un continuum desde el Envejecimiento saludable a la demencia.

Nota: Reflexión personal elaborada a partir de las aportaciones de ponentes del Congreso SEGG 2026 (10-12 junio, Las Palmas de Gran Canaria): el Dr. Javier Olivera Pueyo. (Psiquiatra y director de la Unidad de Psicogeriatría del Hospital Sagrado Corazón, Huesca. Vicepresidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG) que hablo de los rasgos diferenciales de los trastornos de ansiedad y depresión en el adulto Mayor.; el Dr. Javier Santos Vicente (Servicio de Gastroenterología. Hospital Universitario Vall d’Hebron, Barcelona, que explicó la disfunción del Eje intestino-cerebral: Papel en la salud mental y en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas) en el Simposio (patrocinado por ESTEVE) Trastornos de salud mental: Un continuum desde el Envejecimiento saludable a la demencia Y la Dª. Mónica de la Fuente del Rey (Catedrática Emérita de Fisiología. Universidad Complutense de Madrid. Catedrática Biociencias. Universidad Europea de Madrid, que explicó las claves biológicas de nuestra longevidad y la implicación del factor territorial) en el Simposio Senior: La longevidad desde una óptica personal, social y Profesional. 

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