La palabra dignidad aparece continuamente cuando hablamos de personas mayores, discapacidad, dependencia, salud, cuidados o derechos humanos.
Decimos que queremos envejecer con dignidad.
Que debemos cuidar con dignidad.
Que una persona merece un trato digno.
Incluso hablamos de morir con dignidad.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente esta palabra.
- ¿Depende la dignidad de la salud?
- ¿De la autonomía?
- ¿De la memoria?
- ¿De la capacidad para decidir?
- ¿De la productividad?
- ¿De la edad?
- La respuesta es clara.
No.
Comprender por qué constituye uno de los cambios más importantes que podemos hacer como ciudadanos, como familiares, como profesionales y como sociedad.
Porque cuando entendemos qué es realmente la dignidad, cambia nuestra manera de relacionarnos con las personas, de organizar los cuidados y de tomar decisiones.
La dignidad ni se gana ni se pierde
Vivimos en una sociedad que, con frecuencia, identifica el valor de las personas con lo que son capaces de hacer.
Admiramos a quienes producen más.
A quienes son más independientes.
A quienes mantienen el control sobre su vida.
A quienes conservan plenamente sus capacidades físicas o cognitivas.
Sin darnos cuenta, podemos acabar pensando que, cuando una persona pierde alguna de esas capacidades, también pierde parte de su valor.
Por eso escuchamos expresiones como:
«Ha perdido su dignidad.»
«Ya no es la persona que era.»
«Así no merece la pena vivir.»
Aunque suelen pronunciarse con buena intención, estas frases esconden una profunda confusión.
Lo que una persona puede perder es la salud, la memoria, la movilidad, la independencia o algunas de sus capacidades.
Lo que nunca pierde es su dignidad.
Ésta no depende de lo que una persona hace, produce o consigue.
Depende únicamente de lo que es.
Cada ser humano posee dignidad por el simple hecho de ser persona.
No necesita demostrarla.
No necesita conquistarla.
No necesita conservar determinadas capacidades para seguir siendo digno.
La dignidad no aumenta cuando somos más fuertes, más inteligentes o más autónomos.
Tampoco disminuye cuando envejecemos, enfermamos o necesitamos apoyos.
La dignidad permanece.
Y precisamente porque permanece, también permanece nuestra responsabilidad de reconocerla, respetarla y protegerla.
El mismo valor en todas las etapas de la vida
Si aceptáramos que la dignidad depende de la inteligencia, de la autonomía o de la productividad, tendríamos que admitir que unas personas valen más que otras.
Un recién nacido tendría menos dignidad que un adulto.
Una persona con una discapacidad intelectual tendría menos dignidad que otra sin discapacidad.
Una persona con demencia avanzada tendría menos valor que quien conserva intactas todas sus capacidades.
Sin embargo, intuitivamente sabemos que esto no es cierto.
Reconocemos que un bebé merece el mismo respeto que un adulto.
Que una persona con grandes necesidades de apoyo merece la misma consideración que quien puede desenvolverse de forma independiente.
Que una persona al final de su vida continúa siendo alguien único, irrepetible y valioso.
La razón es sencilla.
La dignidad no depende de las capacidades.
Depende exclusivamente de la condición de ser humano.
Ésta es la base sobre la que se construyen los derechos humanos, la bioética, la Atención Integral Centrada en la Persona y cualquier modelo de cuidados verdaderamente respetuoso con la persona.
Cuando olvidamos este principio, corremos el riesgo de valorar a las personas por lo que hacen, por lo que producen o por el grado de ayuda que necesitan.
Cuando lo comprendemos, dejamos de mirar primero la enfermedad, la dependencia o el diagnóstico y volvemos a mirar a la persona.
Porque antes que pacientes, usuarios, residentes o personas dependientes, somos, sencillamente, personas.
La dignidad no desaparece; lo que puede desaparecer es el respeto hacia ella
Con frecuencia decimos que una persona ha sido tratada de forma indigna.
Y es cierto.
Existen situaciones de abandono, discriminación, violencia, exclusión o falta de respeto que todos identificamos como atentados contra la dignidad humana.
Sin embargo, conviene hacer una distinción muy importante.
La persona nunca pierde su dignidad.
Lo que puede perderse es el reconocimiento de esa dignidad por parte de quienes la rodean o de las organizaciones encargadas de atenderla.
- Cuando ignoramos su opinión.
- Cuando decidimos por ella sin escucharla.
- Cuando hablamos de la persona como si no estuviera presente.
- Cuando reducimos su identidad a un diagnóstico.
- Cuando organizamos los cuidados pensando únicamente en la comodidad de la institución.
- Cuando dejamos de verla como alguien único para convertirla en «un caso más».
- No estamos disminuyendo su dignidad.
Estamos dejando de reconocerla.
Esta diferencia cambia completamente nuestra forma de entender los cuidados.
El problema nunca es que una persona deje de ser digna.
El problema aparece cuando los demás dejamos de comportarnos de una manera coherente con esa dignidad.
La dignidad también se expresa en los pequeños gestos
A veces pensamos que respetar la dignidad consiste únicamente en evitar el maltrato o en proteger determinados derechos fundamentales.
Sin embargo, la dignidad también se construye —o se vulnera— en las pequeñas decisiones de cada día.
- En la manera de llamar a una persona.
- En el tono con el que nos dirigimos a ella.
- En el tiempo que dedicamos a escucharla.
- En la posibilidad de elegir.
- En el respeto a su intimidad.
- En la forma de entrar en su habitación.
- En preguntar antes de ayudar.
- En mirar a la persona a los ojos mientras hablamos con ella.
- En respetar sus silencios.
- En reconocer sus preferencias, aunque sean distintas de las nuestras.
- La dignidad no se manifiesta únicamente en las grandes decisiones éticas.
- Se hace visible en la vida cotidiana. En cientos de pequeños gestos que comunican a la persona un mensaje muy sencillo: «Te reconozco como alguien valioso.»
La vulnerabilidad no disminuye la dignidad
Uno de los mayores errores de nuestra cultura consiste en identificar la vulnerabilidad con la pérdida de valor.
Desde muy pequeños aprendemos a admirar la fuerza, la independencia y la autosuficiencia.
En cambio, solemos mirar la dependencia, la enfermedad o la fragilidad como situaciones que disminuyen a la persona.
Sin embargo, la realidad humana es muy diferente.
- Todos comenzamos nuestra vida siendo completamente dependientes.
- Todos necesitaremos ayuda en distintos momentos.
- Todos enfermaremos alguna vez.
- Todos experimentaremos pérdidas.
Y, si vivimos lo suficiente, todos llegaremos a ser más vulnerables.
La vulnerabilidad no constituye una excepción. Forma parte de la condición humana.
Por eso, necesitar apoyos nunca puede convertirse en un motivo para recibir menos respeto, menos oportunidades o menos capacidad de decisión.
Al contrario.
Cuanto mayor es la vulnerabilidad de una persona, mayor es también nuestra responsabilidad de proteger sus derechos y favorecer que siga viviendo de acuerdo con sus valores, sus preferencias y su proyecto de vida.
Dependencia no significa pérdida de dignidad
Con frecuencia confundimos dos conceptos completamente distintos.
Una persona puede perder autonomía para realizar determinadas actividades.
Puede necesitar ayuda para vestirse, desplazarse o alimentarse.
Puede presentar un deterioro cognitivo importante.
Puede comunicarse con dificultad.
Nada de eso modifica su dignidad.
Lo único que cambia es la forma en que debemos apoyarla.
Este cambio de mirada tiene consecuencias muy profundas.
Ya no preguntamos: ¿Qué es capaz de hacer esta persona?
Empezamos a preguntarnos: ¿Qué necesita para seguir viviendo de acuerdo con quien es?
Éste es el verdadero cambio que propone la Atención Integral Centrada en la Persona.
No organizar los cuidados en función de las limitaciones.
Sino de la persona que continúa existiendo detrás de esas limitaciones.
Reconocer la dignidad cambia nuestra forma de cuidar
Aceptar que todas las personas poseen la misma dignidad tiene consecuencias mucho más profundas de lo que parece.
No se trata únicamente de compartir una idea filosófica.
Supone cambiar la forma en que miramos a las personas y, a partir de ahí, transformar nuestra manera de acompañarlas, de organizar los apoyos y de tomar decisiones.
Cuando la dignidad ocupa el centro, dejamos de preguntarnos únicamente:
¿Qué le pasa a esta persona?
Y empezamos a preguntarnos:
- ¿Quién es esta persona?
- ¿Qué es importante para ella?
- ¿Cómo quiere vivir?
- ¿Qué necesita para seguir siendo ella misma?
- Éste es el cambio que ha impulsado la Atención Integral Centrada en la Persona.
La enfermedad continúa siendo importante.
Las limitaciones también. Pero dejan de ocupar el primer plano. Antes de las necesidades asistenciales están sus derechos, sus valores y su proyecto de vida.
La dignidad nos obliga a recordar que nadie deja de ser persona por necesitar más apoyos.
Cuidar no consiste sólo en hacer cosas por la persona
Durante muchos años entendimos los cuidados principalmente como un conjunto de tareas.
- Ayudar a levantarse.
- Administrar la medicación.
- Preparar la comida.
- Realizar la higiene.
- Prevenir riesgos.
Y todo ello sigue siendo imprescindible. Pero cuidar significa mucho más.
También significa ayudar a que la persona pueda seguir tomando decisiones.
- Seguir eligiendo.
- Seguir participando.
- Seguir manteniendo relaciones.
- Seguir desarrollando aquello que da sentido a su vida.
Porque el objetivo de los cuidados no consiste únicamente en atender necesidades.
Su finalidad es ayudar a que la persona pueda seguir viviendo con dignidad.
Y eso exige conocer quién es, qué desea y qué considera importante.
La dignidad también nos obliga a mirar nuestras organizaciones
Con frecuencia pensamos que el respeto a la dignidad depende exclusivamente de la sensibilidad de cada profesional.
Sin embargo, también depende de cómo organizamos los servicios.
Una organización puede facilitar el respeto a la dignidad.
Pero también puede dificultarlo.
- Cuando los horarios son completamente rígidos.
- Cuando todas las personas reciben exactamente la misma respuesta.
- Cuando las decisiones se toman sin escuchar.
- Cuando la organización prioriza siempre la comodidad del sistema frente a las preferencias de la persona.
- Cuando la intimidad se convierte en un lujo.
- Cuando el tiempo para conversar desaparece.
- No suele existir mala intención.
Muchas veces existen buenas personas trabajando dentro de sistemas que dificultan ofrecer una atención verdaderamente personalizada.
Por eso, respetar la dignidad no depende únicamente de la actitud individual.
También exige construir organizaciones más humanas, capaces de adaptarse a las personas y no obligar continuamente a las personas a adaptarse a la organización.
El buen trato es la forma cotidiana de reconocer la dignidad
Cuando hablamos de buen trato solemos pensar en la ausencia de maltrato.
Pero el buen trato significa mucho más.
No consiste únicamente en evitar hacer daño.
Consiste en relacionarnos con cada persona de una manera que le permita sentirse reconocida, respetada y valorada.
El buen trato comienza cuando dejamos de ver únicamente las limitaciones y volvemos a descubrir a la persona.
- Cuando escuchamos antes de decidir.
- Cuando preguntamos antes de ayudar.
- Cuando respetamos los tiempos de cada uno.
- Cuando llamamos a las personas por el nombre con el que desean ser llamadas.
- Cuando protegemos su intimidad.
- Cuando explicamos lo que vamos a hacer.
- Cuando aceptamos que pueden tomar decisiones distintas de las que nosotros tomaríamos.
En definitiva, el buen trato consiste en hacer visible la dignidad en cada encuentro cotidiano.
Se construye a través de pequeños gestos que transmiten un mensaje constante:
«Te reconozco como una persona única, valiosa y digna de respeto.»
La dignidad es el punto de partida, no el punto de llegada
A veces hablamos de alcanzar una vida digna como si la dignidad fuera una meta que algunas personas consiguen y otras no.
Sin embargo, sucede exactamente lo contrario.
La dignidad no constituye un objetivo que debamos alcanzar.
Es el punto de partida desde el que debemos organizar toda nuestra forma de actuar.
- No es el premio por haber conservado determinadas capacidades.
- No depende de la edad.
- No depende de la salud.
- No depende de la productividad.
- No depende de la autonomía.
La dignidad ya está presente desde el comienzo de la vida y permanece hasta el último instante de nuestra existencia.
Precisamente por eso, todas las decisiones relacionadas con los cuidados, la atención sanitaria, los servicios sociales, la participación, la accesibilidad o los apoyos deben partir siempre de una misma pregunta:
¿Esta decisión reconoce y protege la dignidad de la persona?
Cuando la respuesta es afirmativa, avanzamos hacia unos cuidados más humanos.
Cuando olvidamos esa pregunta, corremos el riesgo de organizar respuestas eficaces, pero alejadas de aquello que realmente da sentido a cualquier intervención.
Una idea para recordar
La dignidad no depende de lo que una persona puede hacer.
No disminuye cuando aparecen la enfermedad, la dependencia o la fragilidad.
No desaparece con la edad.
No se pierde cuando necesitamos ayuda.
La dignidad permanece siempre.
Lo que sí puede cambiar es nuestra capacidad para reconocerla y hacerla visible en la forma en que cuidamos, acompañamos, decidimos y organizamos los apoyos.
Ésa es la verdadera exigencia ética.
No conseguir que las personas sean dignas.
Sino construir una sociedad capaz de reconocer la dignidad que siempre han tenido.
La dignidad da sentido a todos los demás conceptos de esta Biblioteca
La dignidad no es una idea aislada.
Es el fundamento sobre el que se apoyan muchos de los conceptos que iremos desarrollando a lo largo de esta colección.
Si todas las personas poseen el mismo valor, entonces comprendemos por qué es tan importante respetar sus derechos, favorecer su autonomía, promover su participación, apoyar su proyecto de vida o mejorar su calidad de vida.
Todos estos conceptos están profundamente relacionados.
- La dignidad nos recuerda que toda persona merece ser respetada.
- Los derechos expresan aquello que debemos garantizar para proteger ese valor.
- La autonomía nos ayuda a que cada persona pueda seguir dirigiendo su propia vida.
- La calidad de vida nos orienta hacia el objetivo último de cualquier intervención.
- Y la Atención Integral Centrada en la Persona nos propone una forma concreta de organizar los apoyos para hacer realidad todo ello.
Por eso, la dignidad no constituye un concepto más dentro de la ética de los cuidados.
Es el punto de partida desde el que adquieren sentido todos los demás.
Una invitación a cambiar nuestra mirada
Reconocer la dignidad comienza mucho antes de tomar una decisión o de prestar un apoyo. Empieza en la forma en que miramos a las personas.
Cuando somos capaces de ver antes a la persona que a la enfermedad, antes a la biografía que al diagnóstico y antes a la identidad que a las limitaciones, cambia también nuestra manera de comprender sus necesidades y de acompañarla.
Volver a mirar primero a la persona.
Después comprender sus circunstancias.
Y, finalmente, organizar los apoyos que necesita para seguir viviendo de acuerdo con quien es.
Puede parecer un cambio pequeño.
Sin embargo, transforma profundamente nuestra manera de cuidar y de relacionarnos.
Porque dejamos de preguntarnos únicamente:
¿Qué necesita esta persona?
Y comenzamos a preguntarnos también:
- ¿Quién es esta persona?
- ¿Qué desea?
- ¿Qué le preocupa?
- ¿Qué le da alegría?
- ¿Qué quiere seguir haciendo?
- ¿Qué hace que su vida siga teniendo sentido?
Son preguntas sencillas.
Pero son también las preguntas que permiten construir unos cuidados verdaderamente humanos.
La dignidad no depende del reconocimiento de los demás
Aunque una sociedad discrimine a una persona, aunque una organización la trate injustamente o aunque ella misma deje de sentirse valiosa, su dignidad permanece intacta. Lo que cambia no es la dignidad, sino nuestra capacidad para reconocerla y actuar de forma coherente con ella.
Esa idea atraviesa todo el artículo, pero nunca se desarrolla de forma directa.
«La dignidad no es una meta que debamos alcanzar. Es el punto de partida desde el que debemos mirar, cuidar y acompañar a todas las personas.»
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