Mi madre tiene 95 años y esta vez hablamos de algo que todos necesitamos a lo largo de la vida: dar y recibir cariño.
Le pregunto cómo le gusta expresarlo. Y cómo le gusta recibirlo. Y la verdad me sorprendio lo claro que lo tenia, y ademas que nunca lo hubiéramos hablado antes… y si, hay algo que prefiere.
Vídeo 5. ¿Qué puede ser mejor que un beso?
Cada persona tiene su manera de querer
A mi madre le gustan los abrazos. Dar abrazos y recibirlos.
Puede parecer una preferencia pequeña, casi anecdótica. Sin embargo, dice mucho de una persona.
No todos expresamos el afecto de la misma manera. Hay quien abraza, quien besa, quien necesita palabras. Hay personas que muestran su cariño cuidando, haciendo cosas por los demás, compartiendo tiempo o, sencillamente, estando cerca.
Y tampoco todos queremos recibirlo de la misma forma.
Nuestra manera de querer y de dejarnos querer también forma parte de quiénes somos.

El afecto también tiene preferencias
Esto adquiere especial importancia cuando una persona necesita apoyos o cuidados.
A veces pensamos que ofrecer afecto siempre es positivo, independientemente de cómo lo hagamos. Pero una atención realmente centrada en la persona nos obliga a cambiar ligeramente la pregunta.
No solo: ¿la tratamos con cariño?
También: ¿sabemos cómo le gusta a ella recibirlo?
Un beso, una caricia o un abrazo pueden resultar profundamente agradables para una persona y no serlo para otra. Entran en juego la intimidad, la historia, la cultura, la confianza, el momento y, sobre todo, las preferencias personales.
Y esas preferencias no dejan de importar por cumplir años o por necesitar ayuda.
Conocer a una persona significa conocer también estas cosas aparentemente pequeñas: cómo le gusta relacionarse, qué cercanía desea, qué gestos reconoce como afecto y cuáles prefiere evitar.
Ahí hay una clave importante para quienes trabajamos en gerontología: personalizar los apoyos también significa personalizar la relación, la comunicación y las formas de contacto fisico.
El cuerpo también comunica
Pero la respuesta de mi madre me lleva a pensar en algo más. El cuerpo también es una poderosa forma de comunicación.
Y esto no tiene edad. El contacto físico forma parte de nuestra manera de comunicarnos, vincularnos y expresar afecto a lo largo de toda la vida. Cambian nuestras preferencias y las personas con las que deseamos compartir esa intimidad, pero no dejamos de comunicarnos también a través del cuerpo por cumplir años.
Una mano que coge otra mano, una caricia, un brazo que acompaña, acercarse o abrazarse pueden decir muchas cosas sin necesidad de palabras: estoy aquí, me importas, te reconozco, te acepto, estás conmigo.
Este lenguaje puede adquirir un significado especial en las personas muy mayores, en situaciones de fragilidad o cuando existe deterioro cognitivo. No porque necesiten un afecto diferente, sino porque algunas otras formas de comunicación pueden hacerse más difíciles.
Cuando las palabras se hacen más difíciles, la comunicación no desaparece. La mirada, la expresión del rostro, el tono de voz, los gestos, la proximidad y también el tacto pueden seguir siendo importantes formas de encuentro. La investigación sobre comunicación no verbal en personas con demencia reconoce precisamente el papel del contacto físico dentro de la relación. También se han estudiado intervenciones basadas en el tacto, encontrándose algunos resultados favorables relacionados con la calma y la reducción de la agitación, aunque la evidencia científica todavía aconseja prudencia.
Hace ya muchos años cayó en mis manos un pequeño libro que recuerdo con especial cariño: Abrázame. El abrazo es amor y alegría, de Kathleen Keating, con unas bellisimas ilustraciones de Mimi Noland. En él se hablaba de la denominada «abrazoterapia» y, con un tono sencillo y desenfadado, se reivindicaba algo que se me quedó grabado: la importancia del contacto físico y del abrazo como forma de expresar afecto, cercanía y aceptación.
Y, que quede claro, yo NO utilizaría la «abrazoterapia» como argumento científico ni convertiría el abrazo en una terapia en sí misma. Pero aquella lectura me dejó una intuición que sigue pareciéndome valiosa: también disponemos de nuestro cuerpo para comunicarnos, relacionarnos y hacer sentir al otro que estamos cerca.
Y me pregunto si, incluso entre las personas que más nos queremos, no estaremos utilizando demasiado poco este lenguaje del cuerpo. ¿Nos cogemos de la mano, nos acariciamos, nos abrazamos suficientemente?
Una lectura que recuerdo: Keating, K. (1983). Abrázame. El abrazo es amor y alegría (The Hug Therapy). Ilustraciones de Mimi Noland. Edición en español: Javier Vergara Editor.
El contacto físico también necesita límites
Reconocer el valor del contacto físico no significa que tocar o abrazar sea siempre bueno ni que debamos hacerlo con todo el mundo.
El contacto físico pertenece también al ámbito de la intimidad. Su significado depende de quién sea la otra persona, de la relación y la confianza que existan, de la historia personal, de la cultura, del momento y de las preferencias de cada uno.
Esto es especialmente importante en el ámbito de los cuidados. La necesidad de ayuda nunca nos concede automáticamente permiso para entrar en la intimidad corporal de otra persona.
También aquí necesitamos conocer, observar, respetar y, siempre que sea posible, preguntar.
No hace falta adivinar
¿Cómo te gusta que te demuestren cariño?
La respuesta puede ser un beso, un abrazo, una conversación, una caricia, compartir tiempo, sentirse escuchado… o algo completamente diferente.
Y cuando una persona tiene dificultades para expresarlo con palabras, conocer su historia y prestar atención a sus reacciones y a su lenguaje corporal puede ayudarnos a comprender qué le resulta agradable, qué le proporciona seguridad y qué prefiere evitar.
No se trata de decidir que el contacto físico es bueno, sino de descubrir qué contacto desea esa persona, de quién, cuándo y de qué manera.
Mi madre, a sus 95 años, tiene clara la suya.
Una idea que me queda
Querer y cuidar bien a una persona también implica conocer cómo le gusta ser querida.
Y quizá podamos llevarnos dos preguntas de este episodio:
¿Sabemos cómo les gusta recibir cariño a las personas a las que queremos o acompañamos?
¿Utilizamos suficientemente el cuerpo para expresar el cariño que sentimos por ellas?
Para seguir profundizando
Esta pequeña conversación habla especialmente de bienestar afectivo y emocional, pero también nos recuerda que las distintas dimensiones del bienestar están profundamente relacionadas. Sentirnos queridos, reconocidos y seguros en nuestras relaciones puede influir en cómo vivimos nuestro bienestar físico, psicológico, social, afectivo y espiritual.
Esta mirada forma parte de mi manera de entender la calidad de vida y los cinco bienestares: no como dimensiones aisladas, sino como aspectos de una misma vida que se influyen mutuamente.
También conecta con algo que atraviesa buena parte de mi trabajo en gerontología: conocer a la persona, respetar sus preferencias, cuidar su intimidad y convertir ese conocimiento en una forma diferente de acompañar y prestar apoyos.
En esta web comparto recursos, reflexiones y propuestas sobre atención centrada en la persona, calidad de vida y buen trato, además de mi trabajo de formación, asesoramiento y acompañamiento a profesionales y organizaciones.
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- Cómo nació esta colección
- Tengo 95 años y hoy toca celebrar la vida. Los consejos de mi madre | Ep. 1.
- Tiene 95 años: 30 sentadillas y 4 kilos | Los consejos de mi madre · Ep. 2
- Tiene 95 años: conectarse también forma parte de la clase | Piano 1 Ep. 3
- Tiene 95 años: cuando todo un pueblo canta junto | Ep. 4
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