Cohousing sénior: el bienestar no está garantizado, hay que construirlo

Lourdes Bermejo junto al cartel de la Asociación Murcia Cohousing durante una jornada sobre viviendas colaborativas.

Las reflexiones que comparto en este artículo surgieron durante la preparación de mi intervención en una jornada sobre vivienda colaborativa celebrada en Murcia, en torno a las posibilidades del cohousing sénior como alternativa para vivir y envejecer bien, pero también a sus desafíos y a las condiciones necesarias para que ese potencial de bienestar pueda hacerse realidad.

Mi intervención, «Construir comunidad para toda la vida», partía de una convicción que defiendo atendiendo a mi experiencia de conocer y acompañar a 14 diferentes cooperativas o grupos de cohousing:

el cohousing sénior tiene un enorme potencial gerontológico, pero ese potencial no se materializa automáticamente por compartir un edificio, disponer de espacios comunes o constituir una cooperativa. Hay que construirlo y sostenerlo a lo largo del tiempo.

Quienes llevan años desarrollando proyectos de vivienda colaborativa conocen bien el esfuerzo que supone hacerlos realidad. Por eso decidí plantear algunas preguntas sobre nuestras expectativas, contrastarlas con los resultados de la investigación y reflexionar sobre cuestiones que pueden resultar decisivas para el futuro de estas comunidades.

De las expectativas a la evidencia: ¿qué sabemos realmente?

Esperamos que el cohousing nos permita disfrutar de relaciones significativas, prevenir la soledad, mantener nuestra autonomía, participar en las decisiones, apoyarnos mutuamente y continuar viviendo en un entorno elegido cuando aumenten nuestras necesidades de cuidados.

Son aspiraciones importantes. Pero ¿cuáles de estas expectativas están respaldadas por la investigación y cuáles siguen siendo posibilidades que debemos aprender a construir?

La investigación española empieza a ofrecer resultados relevantes. Un estudio de Delgado-Losada y colaboradores, publicado en 2026 en Frontiers in Public Health, comparó a 83 personas residentes en Trabensol con otras 88 que vivían en viviendas convencionales. Encontró diferencias favorables al cohousing en apoyo social percibido, soledad social y determinadas funciones cognitivas, como la memoria episódica verbal y la fluidez semántica.

Sin embargo, el estudio también identificó importantes diferencias educativas, profesionales y económicas entre ambos grupos. Al ajustar los análisis por estas variables, algunas ventajas inicialmente observadas, como las relacionadas con estilos de vida saludables, dejaron de ser estadísticamente significativas. En cambio, las diferencias en soledad social y apoyo social percibido permanecieron.

Este resultado nos invita a formular una pregunta:

¿Cuánto de lo bueno que atribuimos al cohousing lo produce realmente el modelo y cuánto estaba ya presente en las personas que decidieron participar en él?

No se trata de cuestionar sus posibilidades, sino de comprenderlas mejor. La investigación transversal permite identificar asociaciones, pero no demostrar por sí sola relaciones causales. Además, necesitamos conocer qué sucede con las personas que abandonan los proyectos, con las comunidades que no llegan a constituirse y con quienes no pueden acceder a esta alternativa.

Vivir juntos no garantiza sentirse acompañado

Uno de los resultados más prometedores de la investigación es la asociación del cohousing con mayor apoyo social y menor soledad social.

Sin embargo, disponer de personas cerca no significa necesariamente sentirse acompañado. La proximidad física no garantiza confianza, pertenencia, reconocimiento ni relaciones satisfactorias.

Una comunidad puede organizar numerosas actividades y mantener una convivencia intensa y, al mismo tiempo, algunas personas pueden sentirse poco escuchadas, insuficientemente reconocidas o alejadas de quienes concentran mayor influencia.

Por eso, además de diseñar espacios de encuentro, necesitamos cuidar la calidad de las relaciones, las oportunidades de participación y el sentimiento de pertenencia de cada persona.

¿Puede alguien sentirse solo dentro de una comunidad muy cohesionada? ¿Qué sucede con quien no encuentra afinidad o no desea participar con la misma intensidad que los demás?

Una comunidad verdaderamente inclusiva debería poder acoger diferentes personalidades, necesidades, preferencias y formas de relacionarse, sin exigir un único modelo de participación o convivencia.

Participación y autogestión: oportunidades, exigencias y desigualdades

La autogestión constituye uno de los elementos distintivos del cohousing. Permite que las personas intervengan en decisiones que afectan directamente a sus vidas y ofrece oportunidades de aprendizaje, desarrollo de competencias y participación significativa.

Organizar, planificar, deliberar, gestionar recursos, resolver problemas y construir acuerdos puede resultar estimulante. Los resultados cognitivos encontrados en el estudio de la Universidad Complutense son compatibles con la hipótesis de que esta participación constituye un entorno enriquecedor, aunque todavía no permiten demostrar que sea la causa de las diferencias observadas.

Pero participar también exige tiempo, energía, habilidades y disposición para afrontar desacuerdos. Y no todas las personas disponemos de los mismos recursos, ni tenemos siempre las mismas posibilidades o deseos de implicarnos.

La investigación desarrollada en el proyecto MOVICOMA, de la Universitat Oberta de Catalunya, ha contribuido a comprender la complejidad de la autogestión, la vida cotidiana y los cuidados en los proyectos de cohousing sénior. Desde esta perspectiva, debemos distinguir entre disponer de estructuras democráticas y experimentar una participación realmente democrática.

¿Puede una comunidad ser formalmente horizontal y, sin embargo, distribuir de manera desigual el poder?

No basta con celebrar asambleas, votar o utilizar procedimientos de consenso. También importa observar quién habla, quién influye, quién termina cediendo, quién realiza los trabajos menos visibles y quién siente que sus opiniones no son suficientemente consideradas.

Además, debemos anticipar otra cuestión: ¿cómo evolucionará nuestra gobernanza cuando disminuyan nuestras capacidades para sostenerla? Una comunidad autogestionada necesita procedimientos capaces de adaptarse a los cambios de sus integrantes y de facilitar la participación incluso cuando aparecen limitaciones funcionales, sensoriales o cognitivas.

Reciprocidad: ¿qué ocurre cuando ya no podemos corresponder?

Uno de los conceptos más interesantes de la investigación reciente es el de reciprocidad activa: las personas no solo reciben apoyo y compañía, sino que encuentran oportunidades para aportar, organizar, ayudar, participar y sentirse necesarias.

Desde una perspectiva gerontológica, este aspecto es especialmente relevante. Poder contribuir al bienestar de otras personas favorece el reconocimiento, la identidad y el sentido de pertenencia.

Pero el envejecimiento introduce cambios inevitables. Algunas personas necesitarán cada vez más apoyo y tendrán menos posibilidades de participar como lo hacían anteriormente.

¿Qué ocurre con una comunidad basada en la reciprocidad cuando algunas personas ya no pueden corresponder?

Esta pregunta nos obliga a revisar qué entendemos por reciprocidad. No debería reducirse a un intercambio equivalente de prestaciones ni a la obligación de devolver lo recibido.

Las personas seguimos teniendo valor, derechos, identidad y necesidades de pertenencia aunque nuestras capacidades cambien. Una comunidad inclusiva debe reconocer que la contribución puede adoptar formas diferentes y que, en determinadas etapas, una persona puede necesitar recibir mucho más de lo que materialmente puede aportar.

La pertenencia no debería depender de mantener indefinidamente la autonomía funcional, la productividad o la capacidad de participar.

«Nos cuidaremos»: una promesa que necesita concretarse

El apoyo mutuo es uno de los grandes valores del cohousing. Sin embargo, cuando hablamos de cuidados necesitamos superar las declaraciones generales y profundizar en sus implicaciones reales.

¿Qué significa exactamente comprometernos a cuidarnos?

  • ¿Acompañarnos a una consulta médica?
  • ¿Ayudarnos con la compra o preparar una comida cuando alguien enferma?
  • ¿Prestar apoyo para vestirse o realizar la higiene personal?
  • ¿Responder a necesidades durante la noche?
  • ¿Acompañar a una persona con demencia avanzada?
  • ¿Organizar apoyos continuados o cuidados paliativos?

Estas situaciones requieren respuestas diferentes. Algunas pueden abordarse mediante relaciones de apoyo mutuo; otras necesitan profesionales cualificados, recursos económicos, coordinación sanitaria y social, y una organización estable de los cuidados.

El apoyo mutuo no debería convertirse en una sustitución informal de los cuidados profesionales ni en una obligación ilimitada para los integrantes de la comunidad.

También debemos preguntarnos cómo se distribuyen las responsabilidades. La investigación española desde la economía feminista, como los trabajos de Keller y Ezquerra, invita a examinar si las experiencias comunitarias transforman realmente la organización del cuidado o pueden reproducir desigualdades de género ya existentes.

¿Estamos construyendo una nueva organización de los cuidados o corremos el riesgo de reproducir dentro del cohousing las desigualdades que conocemos fuera de él?

Desde la Atención Integral Centrada en la Persona, organizar los cuidados implica respetar la autonomía, las preferencias, los derechos, la intimidad y el proyecto de vida de cada persona, sin olvidar las necesidades y los límites de quienes prestan apoyo.

¿Podremos vivir aquí hasta el final?

Permanecer en el propio hogar durante toda la vida constituye una aspiración muy importante para numerosas personas que participan en proyectos de cohousing sénior.

Pero debemos distinguir entre el deseo de permanencia y las condiciones que hacen posible sostenerlo.

La investigación disponible todavía no permite afirmar que todas las personas podrán permanecer en estas comunidades hasta el final de sus vidas, con independencia de la intensidad de los cuidados que necesiten.

¿Permanecer hasta el final es un deseo, un derecho que debemos proteger o una promesa que quizá no siempre podremos cumplir?

¿Qué ocurrirá cuando una persona quiera continuar viviendo allí y el resto de la comunidad considere que sus necesidades exceden los apoyos disponibles?

¿Quién participará en esas decisiones? ¿Cómo garantizaremos que se respete su voluntad? ¿Qué alternativas de apoyo habremos explorado antes de considerar un traslado?

Estas cuestiones requieren planificación anticipada, accesibilidad, recursos profesionales, financiación, coordinación con los servicios públicos y procedimientos de toma de decisiones respetuosos con los derechos de las personas.

Y necesitan abordarse mucho antes de que aparezcan las situaciones más complejas.

No basta con un buen edificio: también necesitamos un buen entorno

El bienestar no depende únicamente de la vivienda ni de las relaciones que se desarrollan dentro del cohousing.

Una investigación española publicada en 2026 por Heras-Robles, Ruiz-Seisdedos y Álvarez-Nieto, realizada con 93 personas de cinco comunidades, examinó la calidad de vida mediante el instrumento WHOQOL-BREF e identificó la relevancia de factores ambientales como el transporte, el acceso a servicios sanitarios y la capacidad económica.

Estos resultados recuerdan la importancia de integrar los proyectos en su entorno territorial y comunitario.

Podemos diseñar viviendas accesibles, agradables y dotadas de magníficos espacios comunes, pero necesitamos también comercios, servicios sanitarios, transporte, espacios públicos, oportunidades culturales y relaciones con personas de otras generaciones.

¿Estamos preparando nuestros proyectos para envejecer en comunidad o solamente para envejecer dentro de nuestra comunidad?

Un cohousing no debería convertirse en una isla de bienestar. Su capacidad para contribuir a una buena vida también depende de su apertura e integración en el barrio, el pueblo o la ciudad.

También necesitamos aprender de quienes no llegaron

Cuando analizamos las experiencias de cohousing solemos prestar especial atención a los proyectos que han conseguido construirse y a las personas que continúan viviendo en ellos.

Sin embargo, para comprender realmente el modelo también deberíamos investigar qué sucede con los grupos que no consiguen avanzar y con las personas que abandonan los proyectos durante su desarrollo.

Algunas pueden marcharse por dificultades económicas; otras, por cansancio, conflictos, diferencias de expectativas, problemas de salud o porque el proceso se prolonga más de lo previsto.

Estudiar únicamente los proyectos consolidados puede ofrecernos una visión incompleta de sus resultados y de las condiciones necesarias para su viabilidad.

¿Qué nos podrían contar las personas que abandonaron nuestros proyectos que quienes permanecemos quizá no somos capaces de ver?

Esta pregunta no solo tiene interés científico. Sobretodo, puede ayudar a los grupos a revisar sus prácticas, identificar barreras y construir procesos más inclusivos.

El bienestar empieza a construirse mucho antes de entrar a vivir

Quisiera destacar una idea que considero especialmente importante para quienes llevan años trabajando en la construcción de sus proyectos.

Los beneficios potenciales del cohousing pueden comenzar durante el propio proceso de creación de la comunidad.

Participar en un proyecto compartido puede ofrecer oportunidades de aprendizaje, reconocimiento, relaciones significativas, compromiso, ilusión y sentido de futuro.

Pero estos efectos no son automáticos. El proceso también puede generar frustración, agotamiento, conflictos, desequilibrios de participación y dificultades para conciliar las expectativas individuales con las decisiones colectivas.

Por eso necesitamos cuidar el proceso en dos dimensiones complementarias.

En el plano colectivo

Desarrollar una cultura de convivencia basada en la confianza, el respeto, la escucha, el reconocimiento de las diferencias, la distribución equitativa de responsabilidades y la gestión constructiva de los conflictos.

También construir sistemas de gobernanza capaces de evolucionar y acuerdos que permitan anticipar los apoyos y cuidados futuros.

En el plano individual

Reflexionar sobre nuestras expectativas, necesidades, límites, capacidades y posibilidades de contribuir al proyecto.

No preguntarnos solamente qué esperamos recibir de la comunidad, sino también qué estamos dispuestos a aportar y qué necesitamos para poder participar y convivir satisfactoriamente.

La construcción de comunidad requiere atender simultáneamente a las necesidades de cada persona y a las del proyecto colectivo, evitando que unas se impongan sistemáticamente sobre las otras.

El acompañamiento profesional: fortalecer la capacidad del grupo

Construir un cohousing sénior supone afrontar un proceso complejo que va mucho más allá de resolver cuestiones arquitectónicas, jurídicas, económicas y organizativas.

También implica aprender a deliberar, gestionar desacuerdos, construir relaciones de confianza, reconocer expectativas diferentes y desarrollar una cultura compartida de convivencia y cuidado.

Desde mi experiencia como gerontóloga y consultora, considero que estos procesos pueden beneficiarse de espacios de formación, reflexión y acompañamiento profesional que ayuden a los grupos a identificar sus fortalezas, reconocer dificultades y desarrollar competencias para afrontar los desafíos presentes y futuros.

El acompañamiento profesional no consiste en sustituir las decisiones de la comunidad, sino en fortalecer su capacidad para tomarlas de forma consciente, fundamentada y coherente con sus valores.

Esto adquiere especial importancia cuando se abordan cuestiones relacionadas con la participación, la convivencia, los conflictos, la diversidad de expectativas y necesidades, la fragilidad, la dependencia, la heteronomía  y la organización de los apoyos y cuidados.

Porque construir comunidad también requiere capacidad de autoanálisis, tanto individual como grupal, voluntad de mejora y disposición para aprender de los aciertos y los errores. Implica revisar críticamente nuestras formas de comunicación y relación, analizar cómo se desarrolla en la práctica nuestro sistema de gobernanza y fortalecer nuestra capacidad colectiva para adaptarnos a los cambios, afrontar nuevas situaciones y seguir evolucionando a lo largo del tiempo.

Compartir reflexiones y seguir aprendiendo con otros profesionales es otra satisfacción de estos encuentros. De izquierda a derecha: Nacho García Pedraza (Entrepatios), Javier Blanco Morales (Aquo, Grupo Cooperativo Tangente) y Javier del Monte Diego (Asociación Jubilares).

 

¿Cómo sabremos dentro de veinte años que nuestro cohousing ha funcionado?

Esta fue una de las preguntas que quise plantear en mi intervención.

¿Consideraremos que el proyecto ha tenido éxito porque el edificio está terminado, porque la cooperativa es económicamente sostenible, porque seguimos celebrando asambleas o porque sus integrantes continúan viviendo allí?

Desde una perspectiva gerontológica, creo que necesitamos criterios más amplios.

Deberíamos preguntarnos si las personas siguen disfrutando de oportunidades reales para decidir sobre sus vidas, si mantienen su identidad y su intimidad, si cuentan con relaciones significativas, si reciben apoyos adecuados cuando los necesitan y si continúan sintiéndose reconocidas y pertenecientes a la comunidad.

También si la comunidad es capaz de afrontar conflictos, pérdidas, desigualdades de participación, situaciones de dependencia y necesidades de cuidados sin comprometer la dignidad ni los derechos de sus integrantes.

Y si cada persona puede continuar desarrollando su proyecto de vida, incluso cuando sus capacidades, necesidades o preferencias cambian.

El verdadero éxito del cohousing no debería medirse únicamente por la permanencia en un lugar, sino también por la calidad de las vidas que permite desarrollar.

Un gran potencial que debemos construir y sostener

Mi reflexión final es que el cohousing sénior constituye una oportunidad importante para crear condiciones favorables al bienestar, la autonomía, la participación, la reciprocidad y la pertenencia.

Pero esas condiciones dependen de cómo construimos las relaciones, cómo ejercemos el poder, cómo afrontamos los conflictos, cómo organizamos los apoyos y cuidados y cómo respetamos la singularidad de cada persona.

Y, sobre todo, de nuestra capacidad para revisar y transformar el proyecto colectivo a medida que cambian las personas que lo integran.

¿Qué estamos haciendo hoy para que nuestra comunidad continúe siendo un buen lugar para vivir cuando seamos personas diferentes de las que ahora estamos construyendo el proyecto?

Porque el verdadero desafío no consiste solamente en construir un lugar donde envejecer juntos. Consiste en construir y sostener una comunidad donde cada persona pueda seguir viviendo una vida propia, digna, significativa y conectada con los demás, también cuando necesite más apoyos y cuidados.

Estas cuestiones forman parte de mi trabajo de investigación, formación y acompañamiento a grupos y cooperativas de cohousing sénior, desde una perspectiva gerontológica y de Atención Integral Centrada en la Persona.

Puedes conocer más sobre esta línea de trabajo: Cohousing sénior, vivienda colaborativa y cuidados comunitarios.

Dos mujeres se abrazan sonrientes, mostrando una relación de cercanía y afecto.

Dos mujeres se abrazan sonrientes, mostrando una relación de cercanía y afecto.

Una de las grandes satisfacciones de acompañar a grupos y cooperativas de cohousing es la oportunidad de conocer a personas maravillosas con las que compartir experiencias, aprendizajes e ilusiones. En ocasiones, surgen  amistades que trascienden lo profesional y dejan una huella imborrable. María es una de esas personas que este camino me ha regalado.

Para profundizar: investigaciones y proyectos de referencia

  • Delgado-Losada y colaboradores (2026). Investigación sobre cohousing sénior, reciprocidad activa, apoyo social y funcionamiento cognitivo. Frontiers in Public Health. Consultar la investigación.
  • Heras-Robles, Ruiz-Seisdedos y Álvarez-Nieto (2026). Factores de riesgo y protección en la vivienda colaborativa: impacto del entorno urbano en la calidad de vida. Ciudad y Territorio. Estudios Territoriales. Consultar el artículo.
  • Proyecto MOVICOMA. Universitat Oberta de Catalunya. Investigación sobre vivienda colaborativa sénior, autogestión, convivencia y cuidados. Consultar el proyecto.
  • Proyecto Comunidades de Cuidados. Investigaciones, evaluación y materiales sobre comunidades de cohousing y cuidados comunitarios. Consultar publicaciones.
  • Gummà Serra y Castilla Mora (2019). El bienestar emocional como predictor de calidad de vida en los senior co-housing. Cuadernos de Trabajo Social. Consultar el artículo.

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