Este artículo forma parte de «Aprender durante toda la vida», una colección dedicada a la gerontología educativa, la participación y el desarrollo humano en sociedades longevas.
En el primer artículo de la colección compartí la experiencia que dio origen a esta serie y, en el segundo nos preguntamos qué queremos que suceda realmente cuando una persona aprende. En esta tercera entrega cambio el foco: ¿cómo podemos saber qué está sucediendo realmente en nuestras prácticas?
La etnografía educativa como herramienta para comprender nuestras prácticas
Podemos decir que promovemos la participación. Podemos creer profundamente que respetamos la autonomía. Podemos disponer de programas y documentos en los que afirmamos que las personas están en el centro.
Y, sin embargo, queda una pregunta: ¿Qué sucede realmente?
Esta fue una de las cuestiones centrales del encuentro sobre etnografía educativa que compartí con estudiantes de posgrado en Gerontología durante mi estancia en la Universidad de Costa Rica.
Propuse una secuencia sencilla para pensar sobre nuestras prácticas:
Lo que decimos → lo que creemos → lo que sucede → lo que experimentan las personas.
Cuatro dimensiones relacionadas, pero no necesariamente coincidentes.
Cuando «participar» no significa necesariamente participar
Imaginemos un programa que se define como participativo. ¿Cómo podemos saber si realmente lo es?
Podemos leer sus objetivos, preguntar a sus responsables o revisar sus documentos. Pero también podemos observar lo que sucede.
¿Quién habla? ¿Quién formula las preguntas? ¿Quién decide? ¿Qué sucede cuando alguien propone algo diferente? ¿Quién ayuda a quién? ¿Qué voces escuchamos más? ¿Quién establece los ritmos? ¿Quién puede modificar lo previsto?
Y, finalmente: ¿Cómo experimentan las propias personas aquello que nosotros denominamos participación?
Porque las grandes palabras —participación, autonomía, personalización, empoderamiento— adquieren su verdadero significado en las interacciones cotidianas.
Mirar lo cotidiano para comprender la experiencia
La etnografía educativa nos invita precisamente a detenernos en aquello que sucede: no únicamente en los resultados, sino también en los procesos, las relaciones, los significados y las experiencias.
La observación participante y no participante, las entrevistas, los diarios, los grupos focales, los mapeos o metodologías como la foto-voz pueden ayudarnos a acceder a dimensiones que difícilmente aparecen en determinados sistemas de evaluación.
No tienen por qué sustituir a otros métodos. Nos permiten responder a otro tipo de preguntas: cómo sucede algo, por qué sucede, qué significado adquiere y cómo lo experimentan las personas.

Durante esta sesión recurrí también a una escena de «Los consejos de mi madre» para acercarnos de una forma muy concreta a la fenomenología. Gracias a un diálogo sincero, pude comprender qué significaban para mi madre la naturaleza, los besos y los abrazos, aproximándome así a una vivencia suya que yo desconocía. Aplicar este enfoque en la vida me ayuda a conocer, comprender y respetar mejor a los demás, evitando hacer tantas interpretaciones externas sobre lo que viven, sienten o necesitan. [Ver el episodio].
Emic y etic: mirar desde dentro y desde fuera
Pero observar no es una actividad neutral. Quien observa lleva consigo conocimientos, valores, expectativas, experiencias y categorías previas.
Por eso resulta especialmente útil distinguir entre dos perspectivas:
- Emic: trata de aproximarse a los significados de quienes viven una determinada realidad.
- Etic: incorpora la mirada analítica y conceptual de quien investiga.
Necesitamos ambas. Comprender una experiencia requiere acercarnos a cómo la interpretan quienes la viven y disponer, al mismo tiempo, de herramientas que nos permitan analizarla.
¿Y si el problema no está solamente en la persona?
Pensemos en una afirmación frecuente:
«Esta persona no participa».
Parece una descripción. Pero quizá estemos convirtiendo en característica de una persona algo que solo podemos comprender analizando la relación entre esa persona y su contexto.
¿No participa porque no quiere? ¿Porque la propuesta no tiene sentido para ella? ¿Porque el ritmo es demasiado rápido? ¿Porque necesita más tiempo? ¿Porque otras personas ocupan la palabra? ¿Porque la forma de participación que ofrecemos no se adapta a sus capacidades? ¿O porque nuestra propia idea de participación es demasiado limitada?
La diferencia es importante: dependiendo de nuestra interpretación podemos intentar cambiar a la persona o empezar a preguntarnos qué deberíamos modificar en el contexto.
Observar también nuestra propia mirada

La etnografía introduce otra exigencia especialmente interesante: quien observa también necesita observarse.
¿Qué estoy buscando? ¿Qué doy por supuesto? ¿Qué considero normal? ¿Qué interpreto como éxito? ¿Qué categorías utilizo para interpretar lo que veo?
Esta metacognición del observador resulta especialmente relevante cuando trabajamos con personas mayores. También nosotros hemos construido determinadas ideas sobre envejecimiento, autonomía, dependencia, participación o capacidad.
Y esas ideas influyen en aquello que vemos y en cómo interpretamos lo que sucede.
Del discurso a la experiencia
Esta mirada trasciende los contextos educativos. Podemos aplicarla también a los servicios gerontológicos, la atención centrada en la persona, los programas comunitarios y cualquier intervención que pretenda favorecer autonomía y participación.
Podemos disponer de un excelente documento sobre atención centrada en la persona. Pero la pregunta decisiva continúa siendo:
¿Qué experimenta la persona en su vida cotidiana?
Puede existir distancia entre nuestra intención y su experiencia. Por eso evaluar no debería consistir únicamente en comprobar si hemos ejecutado aquello que habíamos previsto. Necesitamos también comprender qué está sucediendo y qué significado tiene para las personas implicadas.
Observar mejor no consiste únicamente en mirar más.
Consiste en aprender a mirar de otra manera y estar dispuestos a cuestionar nuestras propias categorías.
De la reflexión a mi trabajo profesional
Esta forma de observar, evaluar y comprender la experiencia atraviesa también mi trabajo profesional.
Está presente en mi trabajo sobre envejecimiento activo, educación gerontológica y acción comunitaria, especialmente cuando evaluamos procesos educativos y participativos y tratamos de comprender qué oportunidades estamos generando realmente para las personas.
Y también en la atención integral y centrada en la persona y la transformación de los cuidados, donde resulta esencial preguntarnos por la distancia que puede existir entre los modelos que declaramos y la experiencia que realmente viven las personas.
En ambos ámbitos me interesa especialmente una cuestión: reducir la distancia entre los modelos que decimos desarrollar y la experiencia que realmente viven las personas.
Estas cuestiones están presentes también en mi producción bibliográfica y en diferentes materiales desarrollados a lo largo de mi trayectoria profesional. En Recursos puedes encontrar libros, publicaciones y otros materiales relacionados con la evaluación, la participación, la atención centrada en la persona y las metodologías para comprender y transformar las prácticas.
Este es el tercer artículo de «Aprender durante toda la vida». Después de contextualizar la experiencia que dio origen a la colección y preguntarnos qué queremos generar mediante el aprendizaje, damos aquí un paso más: observar críticamente si aquello que pretendemos está sucediendo realmente y cómo lo experimentan las personas.



