Tiene 95 años: ¡Y hoy no tiene ganas de nada! | Ep. 8

Magdalena, de 95 años, en la portada del episodio 8 de Los consejos de mi madre, sobre el desánimo y su regreso al taller de cerámica.

Mi madre tiene 95 años y, después de tres meses de vacaciones sin acudir a su taller de cerámica, llega el día de regresar.

Pero hoy no le apetece.

Ha perdido la rutina del curso, le da pereza volver y no se encuentra especialmente animada. Es uno de esos días en los que cuesta ponerse en marcha, algo que nos sucede a todos, tengamos la edad que tengamos.

A pesar de todo, decide ir.

Y lo que sucede después me ofrece una nueva oportunidad para reflexionar, como hija y como gerontóloga, sobre una cuestión esencial:

¿Qué hace que una actividad contribuya realmente a nuestro bienestar?

Porque no siempre es la actividad en sí misma. A veces lo más importante sucede alrededor de ella.

No todos los días tenemos las mismas ganas

A menudo hablamos del envejecimiento activo como si mantenerse activo fuera una cuestión de voluntad permanente: hacer ejercicio, aprender, relacionarse, participar, salir de casa…

Pero las personas no funcionamos siempre igual. Hay días en los que estamos animadas y otros en los que preferimos quedarnos tranquilamente en casa.

Mi madre no es una excepción.

Después de tres meses de interrupción, volver al taller supone recuperar horarios, desplazamientos, relaciones y una actividad que había quedado temporalmente fuera de su vida cotidiana.

Y hoy le cuesta.

Sin embargo, admiro algo de ella: aunque a veces le dé pereza, suele darse la oportunidad de comprobar si aquello que inicialmente no le apetece puede terminar haciéndole bien.

No siempre tenemos que hacer caso a las primeras ganas. Pero tampoco deberíamos convertir la actividad en una obligación.

La cuestión está en conservar la posibilidad de elegir.

Magdalena, de 95 años, trabajando con arcilla en su taller de cerámica junto a dos compañeras.

A veces lo más importante sucede al llegar

Hay un momento del vídeo especialmente revelador.

Mi madre entra en el taller y se reencuentra con su profesora y sus compañeras. La saludan, conversan con ella y se alegran de volver a verla. Su expresión cambia.

La veo sonreír y recuperar esa alegría que al principio del día parecía lejana.

Entonces es cuando se comprueba que no había ido solamente a hacer cerámica.

Había ido también a un lugar donde la conocen, la reconocen y se alegran de su presencia.

Porque no es lo mismo acudir a un espacio donde simplemente nos ofrecen una actividad que llegar a un lugar donde somos alguien. Donde recuerdan quiénes somos, nuestra presencia importa y tenemos una historia compartida.

Sentirse reconocida como una persona única es también una fuente de bienestar.

En las actividades de ocio: importa cómo las vivimos

Cuando diseñamos actividades solemos prestar atención a sus contenidos: qué haremos, qué capacidades trabajaremos, qué materiales necesitamos y qué objetivos queremos conseguir.

Todo eso importa. Pero también necesitamos preguntarnos:

¿Cómo se siente la persona mientras participa? ¿Se encuentra a gusto? ¿Puede decidir? ¿Disfruta? ¿Se siente valorada? ¿Está satisfecha con lo que hace?

La experiencia de mi madre no depende tanto de modelar barro o aprender una técnica. Sobretodo depende de las relaciones con sus compañeras, de la profesora, del ambiente y de lo que significa para ella pertenecer a ese grupo.

Una actividad puede generar oportunidades de aprendizaje, relación, pertenencia, reconocimiento y disfrute.

Pero esos resultados no aparecen automáticamente por el simple hecho de organizarla.

Hacer algo que nos guste y sentirnos orgullosos de ello

Hay otra cuestión especialmente importante en las actividades creativas.

No basta con que una persona esté entretenida. También importa que aquello que hace tenga valor para ella.

Hacer una pieza que le guste, que quiera conservar, regalar o enseñar. Sentirse orgullosa de haberla realizado.

Las personas tenemos habilidades, capacidades, intereses y expectativas diferentes. Por eso es fundamental adaptar las propuestas, los materiales y las técnicas para que cada participante pueda alcanzar resultados que ella misma valore.

Una pequeña adaptación puede marcar la diferencia entre terminar una actividad con frustración o hacerlo con satisfacción.

Que una persona haya estado ocupada durante dos horas no significa necesariamente que haya vivido una experiencia satisfactoria.

El valor de quienes acompañan y dinamizan las actividades

La labor de quienes trabajan en estos espacios va mucho más allá de enseñar una técnica.

Pueden crear un ambiente de confianza, facilitar relaciones, reconocer esfuerzos, respetar ritmos y adaptar las propuestas a las capacidades y preferencias de cada persona.

Y hacer algo aparentemente sencillo, pero muy valioso: mostrar a cada participante que su presencia importa.

Recordar su nombre, interesarse por cómo ha pasado el verano, acogerla cuando regresa, reconocer sus avances y ayudarla cuando encuentra dificultades, sin hacer innecesariamente las cosas por ella.

Quiero expresar aquí mi agradecimiento al equipo de Agarino por su profesionalidad, su calidad humana y la forma en que favorecen la participación y el desarrollo de las actividades artísticas.

Valoro especialmente su carácter de taller de barrio, cercano e intergeneracional, donde personas de diferentes edades comparten una afición, aprenden juntas, se relacionan y disfrutan creando. Un espacio que favorece el encuentro y la convivencia, en el que la edad no determina las posibilidades de participar ni el lugar que ocupa cada persona.

Y, muy especialmente, agradezco el cariño y el reconocimiento que ofrecen a mi madre. Estoy convencida de que su manera de acogerla y acompañarla ha contribuido a que lleve dos años participando con tanta ilusión.

Gracias a su profe Mirian Loyola  y a quienes abrieron este taller y a sus compañeras por ayudarla a seguir encontrando motivos para crear, compartir y sentirse parte de un grupo.

Una misma experiencia puede favorecer varios bienestares

Esta escena me permite conectar con el Modelo de los Cinco Bienestares, una perspectiva que utilizo para comprender la calidad de vida.

En el regreso de mi madre al taller podemos identificar oportunidades relacionadas con distintas dimensiones:

  • Bienestar físico. Desplazarse, utilizar las manos y ejercitar destrezas.
  • Bienestar psicológico. Recuperar una rutina, afrontar pequeños retos y poner en juego capacidades.
  • Bienestar afectivo. Recibir cariño, disfrutar del reencuentro y sentirse apreciada.
  • Bienestar social. Participar en un grupo, mantener relaciones y sentirse integrada, parte de él.
  • Bienestar espiritual y de sentido. Continuar desarrollando una afición elegida, expresar su creatividad y hacer algo significativo para ella.

Lo interesante es que estos bienestares están relacionados.

Sentirse acogida puede mejorar el estado de ánimo. Ese cambio puede favorecer la participación. Disfrutar de la actividad puede reforzar su autoestima, las ganas de regresar y de mantener relaciones y proyectos.

Pero no podemos dar por supuesto que todas las actividades generan bienestar ni que todas las personas las experimentan del mismo modo.

Necesitamos observar, preguntar y comprender.

Participar no debe convertirse en una obligación

Admiro que mi madre, incluso en un día de desánimo, decidiera salir y darse una oportunidad.

Pero eso no significa que las personas mayores deban estar permanentemente activas ni que cualquier negativa a participar sea un problema que debamos superar.

Descansar, quedarse en casa o decidir no acudir a una actividad también puede formar parte de una vida buena.

No es lo mismo no querer participar porque algo no nos interesa que dejar de acudir a una actividad que valoramos porque hemos perdido la costumbre, nos sentimos inseguros o necesitamos un pequeño estímulo para retomarla.

Y tampoco es lo mismo animar respetuosamente que presionar.

La clave está en conocer a la persona, respetar sus decisiones y ayudarla a mantener abiertas las oportunidades que desea conservar.

En este caso, mi madre decidió ir. Y me alegra que se diera esa oportunidad.

La mirada de Lourdes

Al observar cómo cambia su expresión durante el reencuentro, pienso en algo fundamental.

A veces evaluamos las actividades por el número de asistentes, las sesiones realizadas o los productos elaborados.

Pero deberíamos prestar más atención a lo que realmente sucede en las personas.

¿Cómo llegan? ¿Cómo se sienten? ¿Qué relaciones se fortalecen? ¿Qué pueden decidir, aprender, expresar o aportar? ¿Cómo se marchan?

La transformación que observo en mi madre no demuestra que el taller tenga siempre los mismos efectos, pero sí me invita a mirar más allá de la actividad programada.

De la vida cotidiana a nuestra forma de acompañar y cuidar

Esta experiencia plantea también un reto para las organizaciones y los equipos profesionales.

No basta con ofrecer actividades. Necesitamos generar oportunidades de bienestar.

Eso implica conocer a las personas, respetar sus preferencias, facilitar relaciones significativas, adaptar las propuestas y prestar atención a cómo viven las experiencias.

Una programación puede estar llena de actividades y, sin embargo, ofrecer pocas oportunidades reales de elección, reconocimiento o participación.

Por eso, en mi trabajo de consultoría y formación sobre envejecimiento, calidad de vida y Atención Centrada en la Persona, considero esencial ayudar a los equipos a pasar de una mirada centrada en las actividades realizadas a otra que se pregunte por las experiencias y oportunidades que estamos generando.

Algunas preguntas para familias y profesionales

  • ¿La persona participa porque realmente lo desea o porque es lo que hemos organizado para ella?
  • ¿Conocemos sus gustos, intereses, capacidades y expectativas?
  • ¿Se siente reconocida y valorada como una persona única dentro del grupo?
  • ¿Qué oportunidades encuentra para aprender, decidir, relacionarse, crear y aportar?
  • ¿Sabemos distinguir cuándo necesita estímulo, cuándo necesita apoyo y cuándo simplemente quiere descansar?
  • ¿Estamos evaluando las actividades realizadas o las experiencias y oportunidades de bienestar que generamos?

Estas preguntas pueden ayudarnos a transformar nuestra manera de diseñar y acompañar las actividades.

Una idea para recordar

Mi madre no regresó al taller especialmente animada. Después de tres meses sin acudir, le daba pereza retomar la rutina. Pero decidió ir.

Y allí encontró personas que se alegraban de verla, relaciones que recuperar, una actividad que le gusta y un lugar donde sigue teniendo su propio espacio.

Por eso, este episodio me recuerda que:

El valor de una actividad no está solamente en lo que hacemos, sino en lo que experimentamos mientras la hacemos.

Quizá el mejor resultado de una actividad no sea siempre aquello que la persona se lleva a casa.

A veces es el estado de ánimo, la sensación de satisfacción, la sonrisa con la que sale y las ganas de volver.

Sigue explorando «Los consejos de mi madre»

Este es el episodio 8 de «Los consejos de mi madre», una colección construida a partir de pequeñas escenas cotidianas que observo desde una doble mirada: como hija y como gerontóloga.

En ellas encuentro oportunidades para reflexionar sobre la longevidad, la autonomía, las relaciones, la identidad, el bienestar y nuestra manera de acompañar a las personas a medida que envejecen.

Magdalena, de 95 años, en la portada del episodio 8 de Los consejos de mi madre, sobre el desánimo y su regreso al taller de cerámica.

Vídeo de este 8º episodio

Episodio anterior: Tiene 95 años y quiere seguir organizando personalmente su medicación.

Colección completa: Los consejos de mi madre.

Este episodio conecta también con mi trabajo en envejecimiento activo, educación gerontológica y acción comunitaria, especialmente en el diseño y evaluación de experiencias que favorezcan la autonomía decisoria, la participación, el empoderamiento y la calidad de vida.

 

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