Antes de pensar qué voy a enseñar: ¿qué quiero que suceda en quien aprende?

Taller de metodología con personas facilitadoras voluntarias del PIAM en la Universidad de Costa Rica.

Este artículo forma parte de «Aprender durante toda la vida», una colección dedicada a la gerontología educativa, la participación y el desarrollo humano en sociedades longevas.

En el primer artículo de la colección compartía algunas de las preguntas que surgieron durante mi trabajo con el PIAM de la Universidad de Costa Rica. En esta segunda entrega me detengo en una de ellas: ¿qué queremos que suceda realmente cuando una persona aprende?

De transmitir contenidos a generar oportunidades de aprendizaje

¿Qué significa que una experiencia educativa con personas mayores ha funcionado bien?

Podríamos responder que las personas han aprendido aquello que pretendíamos enseñar. Pero esta respuesta quizá sea insuficiente.

Durante el taller que compartí con personas facilitadoras del Programa Institucional para la Persona Adulta y Adulta Mayor (PIAM) de la Universidad de Costa Rica, propuse comenzar precisamente por ahí.

No por las técnicas. No por los contenidos. Ni siquiera por las actividades.

Sino por una pregunta:

Antes de pensar qué voy a enseñar, preguntarme qué quiero que suceda en la persona que aprende.

¿Qué queremos realmente que suceda?

Trabajamos con actividades muy diferentes: tecnologías, idiomas, actividad física, pintura y otras propuestas educativas.

Pensemos, por ejemplo, en una actividad para aprender a utilizar el correo electrónico.

Podemos considerar que ha funcionado si una persona aprende a adjuntar un archivo. Y, ciertamente, eso es aprendizaje.

Pero ¿es únicamente eso lo que queremos que suceda?

Quizá queremos también que esa persona pierda el miedo a equivocarse; que se atreva a probar antes de pedir ayuda; que pueda resolver una pequeña dificultad; que aplique posteriormente lo aprendido en su vida cotidiana; que tenga mayor independencia para comunicarse; o incluso que llegue a ayudar a otra persona que todavía no sabe hacerlo.

Cuando ampliamos la pregunta, ampliamos también nuestra concepción del aprendizaje.

Saber, saber hacer… y  saber situarnos

Taller de metodología con personas facilitadoras voluntarias del PIAM en la Universidad de Costa Rica.

 

Esta reflexión nos llevó a diferenciar tres tipos de aprendizajes:

  • Conceptuales: aquello que necesitamos conocer y comprender.
  • Procedimentales: aquello que aprendemos a hacer.
  • Actitudinales: confianza, iniciativa, perseverancia, flexibilidad, curiosidad, disposición a colaborar o capacidad para pedir y ofrecer ayuda.

Los tres importan. Sin embargo, cuando evaluamos una actividad educativa tendemos con frecuencia a mirar fundamentalmente los dos primeros:

¿Lo sabe? ¿Lo hace?

Quizá necesitemos incorporar una tercera pregunta:

¿Qué está posibilitando este aprendizaje en la persona?

Porque aprender puede significar también ganar autonomía, descubrir capacidades, construir relaciones, participar, recuperar confianza o comprobar que seguimos teniendo algo valioso que aportar a otras personas.

Dos maneras de desarrollar una misma actividad

Durante el taller comparamos también dos formas muy diferentes de desarrollar una misma experiencia educativa.

En una de ellas, el conocimiento está prácticamente cerrado. Alguien explica, las personas escuchan y posteriormente reproducen aquello que se les ha enseñado.

En la otra aparecen preguntas, experiencias previas, decisiones, experimentación, errores, intercambio entre iguales, resolución de problemas y oportunidades para aplicar lo aprendido.

En ambas puede producirse aprendizaje. Pero no necesariamente sucede lo mismo en las personas.

El valor educativo del error

También importa qué hacemos cuando alguien se equivoca.

Podemos resolver inmediatamente el problema. O podemos generar las condiciones para que la persona pruebe, explore alternativas, pida ayuda cuando la necesite y descubra cómo resolverlo.

La segunda opción requiere probablemente más tiempo. Pero el resultado educativo puede ser completamente diferente.

Porque quizá no estamos enseñando únicamente a resolver un problema concreto. Estamos favoreciendo también iniciativa, confianza, estrategias para afrontar dificultades y percepción de competencia.

Por eso una buena experiencia educativa no debería valorarse únicamente por la cantidad de contenidos que hemos conseguido transmitir, sino también por las capacidades y oportunidades que hemos contribuido a generar.

Aprender también es poder aportar

Hay otra cuestión que considero especialmente relevante en la vejez: la reciprocidad.

Las personas mayores no necesitamos únicamente espacios en los que recibir conocimientos, actividades, servicios o apoyos. Necesitamos también contextos en los que podamos dar, enseñar, contribuir y comprobar que aquello que sabemos y somos tiene valor para otras personas.

Cuando alguien que acaba de aprender algo ayuda a otra persona, ha sucedido algo más que la adquisición de un contenido.

Ha cambiado su posición.

De receptor de ayuda puede pasar a ser también alguien que ayuda. De alumno puede convertirse durante unos minutos en maestro. De necesitar a otros puede descubrir que otros también pueden necesitarle.

Una experiencia educativa puede convertirse así en un espacio de participación, empoderamiento y reciprocidad.

Cambiar la pregunta cambia nuestra práctica

Si comienzo preguntándome qué contenido tengo que enseñar, probablemente organizaré mi actividad alrededor del contenido.

Si comienzo preguntándome qué quiero que suceda en las personas, tendré que pensar también en las oportunidades que genero para preguntar, experimentar, decidir, equivocarse, colaborar, ayudar, crear y aplicar lo aprendido.

No significa que el contenido deje de importar. Significa situarlo dentro de una finalidad educativa más amplia.

Y esta idea trasciende la educación.

También cuando diseñamos programas, actividades, servicios o apoyos para personas mayores podemos preguntarnos: ¿Qué ofrecemos?

Pero quizá resulte todavía más revelador preguntarnos:

¿Qué posibilidades estamos generando para que las personas puedan hacer, decidir, aprender, relacionarse, contribuir y continuar desarrollándose?

Ahí empieza, para mí, una parte esencial de la gerontología educativa.

De la reflexión a mi trabajo profesional

Esta forma de entender el aprendizaje conecta directamente con mi trabajo en envejecimiento activo, educación gerontológica y acción comunitaria, desde el que desarrollo formación, consultoría y metodologías participativas orientadas a generar oportunidades de autonomía, participación y desarrollo a lo largo de la vida.

Este es el segundo artículo de la colección «Aprender durante toda la vida». Hemos partido de una pregunta: qué queremos que suceda realmente cuando una persona aprende.

Pero formular nuestras intenciones no es suficiente. El siguiente paso es preguntarnos cómo podemos observar si aquello que pretendemos generar está sucediendo realmente y cómo lo experimentan las propias personas. Esta cuestión continúa en el tercer artículo de la colección, dedicado a la etnografía educativa y a la observación crítica de nuestras prácticas.

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