Vivir el cuerpo como un recurso para la vida. Bienestar Físico. Ep. 2

Mujer mayor cepillando a su perro, una actividad cotidiana que muestra el cuerpo como recurso para cuidar, actuar y participar en la vida.

SABER MÁS PARA VIVIR Y CUIDAR MEJOR · 🟨 BIENESTAR FÍSICO   Ep. 2

 

Esta área forma parte de la colección Saber más para vivir y cuidar mejor  y está dedicada al bienestar afectivo, una de las cinco dimensiones que contribuyen a nuestra calidad de vida y que también constituye una de sus cinco dimensiones.

 

Nuestro cuerpo es mucho más que un organismo

Cuando hablamos del cuerpo solemos pensar en la salud, la enfermedad, el ejercicio, la alimentación o el funcionamiento de nuestros órganos. Todos estos aspectos son importantes, pero no explican completamente lo que significa vivir nuestro cuerpo.

No vivimos al margen de él. Vivimos permanentemente a través de él.

Con nuestro cuerpo caminamos, descansamos, trabajamos, aprendemos, abrazamos, disfrutamos, sufrimos, cuidamos a otras personas y participamos en la vida cotidiana. El cuerpo es el primer lugar desde el que experimentamos el mundo y construimos nuestra historia.

Por eso, el bienestar físico no puede entenderse únicamente como ausencia de enfermedad o conservación de determinadas funciones. También depende de cómo experimentamos nuestro cuerpo y de si sentimos que continúa permitiéndonos desarrollar aquello que tiene valor para nosotros.

Esta es la idea desde la que comienza el recorrido por el bienestar físico:

Nuestro cuerpo puede ser vivido como un problema que debemos controlar o como un recurso desde el que seguimos viviendo.

¿Qué significa vivir el cuerpo como un recurso?

Hablar del cuerpo como un recurso no significa considerarlo una herramienta ni exigirle que funcione siempre correctamente.

Significa reconocer que es el medio desde el que podemos:

  • Actuar y desenvolvernos en la vida cotidiana.
  • Relacionarnos con otras personas.
  • Expresar afecto y cercanía.
  • Explorar y conocer el mundo.
  • Cuidar y dejarnos cuidar.
  • Disfrutar, descansar y sentir placer.
  • Participar en actividades que tienen valor para nosotros.
  • Continuar desarrollando nuestra propia vida.

Experimentamos el cuerpo como un recurso cuando sentimos que, a través de él, todavía podemos hacer algo que merece la pena.

Para una persona puede significar caminar hasta el mercado. Para otra, poder preparar el desayuno. Para otra, cuidar unas plantas, acariciar a un animal, abrazar a sus nietos, tocar el piano o sentarse al sol.

La relevancia de estas actividades no depende de su dificultad ni de su utilidad aparente. Depende del significado que tienen para quien las realiza.

Por eso, la pregunta fundamental no es tanto: ¿Qué puede hacer esta persona?

También debemos preguntarnos: ¿Qué quiere seguir haciendo y por qué es importante para ella? ¿Qué significa para ella no poder hacer algo por sí misma?

 

El bienestar físico se vive en primera persona

Desde fuera podemos observar el cuerpo, medir determinadas funciones y valorar sus capacidades. Sin embargo, solo cada persona puede explicar cómo lo vive.

Dos personas con una situación corporal aparentemente semejante pueden experimentarla de formas muy diferentes. Una puede mantener confianza en sus posibilidades y continuar desarrollando una vida satisfactoria. Otra puede sentir que su cuerpo se ha convertido en una fuente permanente de inseguridad o malestar.

Por eso necesitamos distinguir entre el cuerpo que puede ser observado y el cuerpo vivido.

El cuerpo vivido incluye:

  • Cómo sentimos nuestro cuerpo.
  • Qué significado damos a sus cambios.
  • Qué confianza mantenemos en él.
  • Qué actividades nos permite conservar.
  • Cómo influye en nuestra forma de relacionarnos.
  • Si lo experimentamos como una posibilidad o como una barrera.

Esta experiencia no permanece inmóvil. Va cambiando a lo largo de la vida y se relaciona con nuestra historia, nuestras expectativas, nuestros valores y nuestros proyectos.

Los cambios del cuerpo no solo modifican lo que podemos hacer. También pueden transformar la manera en que nos vemos, nos sentimos y nos presentamos ante los demás. Esta relación entre cuerpo e identidad se desarrollará específicamente en otro artículo de la serie.

Una misma capacidad puede tener significados diferentes

No todas las personas necesitan hacer las mismas cosas para vivir bien.

Para alguien puede ser esencial continuar saliendo a caminar. Para otra persona, cocinar para su familia. Para otra, arreglarse cada mañana, escribir, bailar, conducir o cuidar de alguien querido.

Una capacidad adquiere importancia cuando permite realizar algo que forma parte de nuestra vida y de la persona que queremos seguir siendo.

Por eso, el bienestar físico no puede evaluarse únicamente mediante una lista general de actividades. Necesitamos conocer la vida concreta de la persona:

  • Qué hacía antes.
  • Qué continúa haciendo.
  • Qué ha dejado de hacer.
  • Qué desearía recuperar.
  • Qué actividades le proporcionan satisfacción.
  • Qué proyectos quiere mantener.

Una pequeña actividad puede tener un enorme valor biográfico.

Regar unas plantas puede significar continuar cuidando. Elegir la ropa puede permitir expresar la propia identidad. Preparar una receta puede mantener un papel familiar. Salir a comprar el pan puede conservar la relación con el barrio.

El cuerpo se convierte en un recurso cuando nos permite seguir vinculados con aquello que somos y con aquello que valoramos.

Unas preguntas para comenzar

Te propongo detenerte un momento y pensar en tu propia relación con el cuerpo:

  • ¿Qué actividades importantes te permite realizar?
  • ¿Cuándo sientes que tu cuerpo te ayuda a vivir?
  • ¿Qué cambios has experimentado a lo largo de los años?
  • ¿Qué actividad te resultaría especialmente difícil perder?
  • ¿Qué haces a través de tu cuerpo que da bienestar a otras personas?
  • ¿Sueles valorar lo que todavía puedes hacer o te concentras principalmente en tus limitaciones?

 

No son preguntas exclusivas de la gran edad. Nuestra relación con el cuerpo se construye y transforma durante toda la vida.

Envejecer transforma el cuerpo, pero no elimina su valor

Envejecer implica cambios corporales. Nuestro cuerpo no mantiene siempre la misma fuerza, resistencia, agilidad o apariencia.

Sin embargo, cambiar no significa necesariamente dejar de ser un recurso para vivir.

A lo largo de la vida aprendemos a utilizar nuestro cuerpo de maneras diferentes. Modificamos ritmos, reorganizamos actividades y descubrimos otras formas de participar, relacionarnos y disfrutar.

El bienestar físico no exige conservar intactas todas las funciones. Tampoco requiere ignorar las dificultades ni ofrecer una visión idealizada del envejecimiento.

Consiste en reconocer las posibilidades que permanecen y encontrar formas de seguir viviendo desde ellas.

Una persona puede necesitar ayuda para realizar determinadas actividades y conservar, al mismo tiempo, la autonomía para decidir cuáles desea mantener, cómo quiere desarrollarlas y qué apoyos acepta.

La necesidad de ayuda puede reducir la independencia para hacer algo por uno mismo, pero no debería anular la autonomía para decidir sobre la propia vida.

Una pausa para mirar y comprender

Durante los próximos días, observa a alguna persona mayor con la que convivas o te relaciones. También puedes observarte a ti mismo.

No te fijes primero en sus enfermedades, limitaciones o necesidades de ayuda.

Mira un poco más allá:

  • ¿Qué hace con sus manos?
  • ¿Cómo se mueve por los espacios?
  • ¿Qué actividades realiza con interés?
  • ¿Qué cosas sigue haciendo para otras personas?
  • ¿Cuándo parece disfrutar especialmente?
  • ¿Qué actividad conserva porque forma parte de su manera de ser?
  • ¿Qué hace por sí misma que otras personas no suelen valorar?
  • ¿En qué momentos parece confiar en su cuerpo?

 

Después, hazte una última pregunta:

¿Estamos viendo solamente un cuerpo que envejece o a una persona que continúa viviendo a través de él?

Aprender también de la vida cotidiana

Durante más de treinta años he aprendido leyendo investigaciones, estudiando y trabajando con profesionales. Pero también he aprendido observando cómo las personas viven los cambios de su cuerpo.

He conocido a personas con importantes limitaciones que continuaban disfrutando, relacionándose y participando. También he conocido a otras que, aun conservando muchas capacidades, habían dejado de confiar en su propio cuerpo.

Estas experiencias me han enseñado que no podemos comprender el bienestar físico limitándonos a enumerar enfermedades o valorar funciones.

Necesitamos observar qué hace la persona a través de su cuerpo, qué significado tienen esas actividades para ella y cómo influyen en su vida en el momento actual.

La gerontología necesita conocimiento científico. Pero también necesita una mirada atenta hacia esas pequeñas escenas cotidianas en las que alguien se levanta, se arregla, cocina, camina, toca un instrumento, cuida una planta, a su perro o abraza a una persona querida.

Porque el cuerpo no es solamente aquello que puede enfermar o deteriorarse.

Es también aquello desde donde percibimos, sentimos, y seguimos viviendo.

Si trabajas acompañando a personas mayores…

Antes de centrar la atención en lo que una persona no puede hacer, conviene preguntarse:

  • ¿Qué actividades siguen siendo importantes para ella?
  • ¿Qué capacidades utiliza para realizarlas?
  • ¿Qué siente cuando puede hacerlas?
  • ¿Qué parte desea seguir realizando por sí misma?
  • ¿Cómo podemos apoyarla sin sustituirla innecesariamente?
  • ¿Estamos respetando sus decisiones sobre su propio cuerpo?

 

Cuidar no consiste únicamente en proteger el cuerpo o atender sus necesidades.

También significa reconocerlo como el medio desde el que la persona continúa expresándose, relacionándose, disfrutando y participando en la vida.

Muchas de estas ideas forman parte de los procesos de consultoría, formación y acompañamiento que desarrollo con organizaciones, administraciones públicas y equipos profesionales.

Una idea para recordar

El bienestar físico no consiste en tener un cuerpo perfecto, sino en poder vivir el cuerpo que tenemos como un recurso para actuar, relacionarnos, disfrutar y participar en aquello que da valor a nuestra vida.

¿Trabajamos juntos?

Si tu organización quiere impulsar un cambio, diseñar un proyecto, desarrollar acciones formativas o mejorar la calidad de la atención, estaré encantada de estudiar cómo puedo ayudaros.

Si todavía no me conoces demasiado, te recomiendo mi artículo Me suelto la melena. Así podrás comprender cómo he llegado a mi visión actual a partir de mi experiencia.

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Mujer de 95 años realizando ejercicios de fuerza con pesas en el gimnasio acompañada por su fisioterapeuta.

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