Conceptos para comprender el bienestar social, las relaciones y la comunidad

Personas mayores bailando y participando en una actividad comunitaria

Vivir bien no depende únicamente de la salud, las capacidades personales o los recursos materiales. También necesitamos mantener relaciones significativas, sentirnos reconocidos, participar y experimentar que seguimos ocupando un lugar valioso en la vida de otras personas y en la comunidad.

 

Las relaciones forman parte esencial de nuestra identidad y de nuestra calidad de vida. A través de ellas recibimos afecto, apoyo y reconocimiento, pero también encontramos oportunidades para cuidar, colaborar, enseñar, aprender y contribuir.

Por eso, el bienestar social no puede medirse únicamente contando el número de personas que tenemos alrededor o las actividades a las que asistimos. Lo verdaderamente importante es cómo vivimos nuestras relaciones, qué significado tienen y hasta qué punto nos permiten sentirnos parte de una vida compartida.

Conceptos como capital relacional, ciudadanía, comunidad, participación, inclusión, reciprocidad, reconocimiento, rol social o sentido de pertenencia nos ayudan a comprender esta dimensión social de la existencia y a identificar qué puede favorecerla o comprometerla.

El bienestar social: participar y formar parte de la comunidad

El bienestar social es la dimensión de la calidad de vida relacionada con la forma en que nos vinculamos con otras personas y con la comunidad de la que formamos parte.

Incluye la posibilidad de:

  • mantener relaciones significativas;
  • sentirse querido, valorado y reconocido;
  • participar en la vida familiar, social y comunitaria;
  • disponer de personas a las que acudir cuando necesitamos ayuda;
  • ofrecer apoyo y contribuir al bienestar de los demás;
  • mantener responsabilidades y papeles con significado;
  • experimentar que seguimos formando parte de algo.

 

No depende únicamente de la cantidad de relaciones. Una persona puede relacionarse con muchas personas y no sentirse comprendida ni acompañada. También puede tener una red pequeña, pero experimentar una conexión profunda y satisfactoria.

La calidad, la confianza, la reciprocidad y el significado de las relaciones resultan más importantes que su número.

El bienestar social tampoco consiste simplemente en estar acompañado. Supone sentirse parte, poder participar y continuar aportando algo valioso a los demás.

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Capital relacional: una reserva de vínculos para la vida

El capital relacional es el conjunto de relaciones significativas, vínculos de confianza, oportunidades de participación y experiencias de reciprocidad que una persona construye y cuida a lo largo de su vida.

Podemos comprenderlo como una verdadera reserva de relaciones: un patrimonio de vínculos que proporciona apoyo, protección y sentido cuando aparecen pérdidas, cambios, enfermedades o situaciones de dependencia y vulnerabilidad.

Este capital no se construye de un día para otro. Se desarrolla mediante:

  • las relaciones familiares y de amistad;
  • la participación en grupos y asociaciones;
  • los vínculos vecinales;
  • las experiencias laborales;
  • la colaboración y el apoyo mutuo;
  • las actividades culturales, educativas o comunitarias;
  • la posibilidad de cuidar y ser cuidado.

 

Del mismo modo que hablamos de reserva cognitiva o capacidad funcional, cuidar las relaciones importantes constituye una forma de prevención y una inversión en bienestar para el futuro.

Sin embargo, el capital relacional puede debilitarse. La jubilación, la pérdida de personas queridas, los problemas de movilidad, las barreras del entorno, un cambio de domicilio o el ingreso en un centro pueden reducir las oportunidades de relación y participación.

Por eso no basta con intervenir cuando la soledad ya se ha instalado. Necesitamos ayudar a las personas a conservar y ampliar sus vínculos a lo largo de todo el curso vital.

Lee «Antes de sentirnos solos dejamos de sentirnos parte de la vida»

 

Comunidad: el espacio donde construimos una vida compartida

La comunidad es el conjunto de relaciones, espacios, organizaciones, servicios y redes sociales que hacen posible la convivencia, la participación y el apoyo mutuo.

No se limita a un territorio. Una comunidad también se construye mediante los vínculos, las responsabilidades compartidas y la posibilidad de formar parte de proyectos comunes.

Una comunidad favorece el bienestar cuando:

  • es accesible y acogedora;
  • ofrece lugares y oportunidades para encontrarse;
  • reconoce la diversidad de sus miembros;
  • facilita la participación en igualdad de condiciones;
  • promueve relaciones entre generaciones;
  • permite pedir y ofrecer apoyo;
  • valora las contribuciones de todas las personas.

Las comunidades pueden proteger frente a la soledad y la exclusión, pero también pueden generar barreras. Un transporte inaccesible, la falta de espacios de encuentro, los prejuicios asociados a la edad o unas actividades que no tienen en cuenta la diversidad pueden limitar la participación.

En consecuencia, promover el bienestar social no es únicamente una responsabilidad individual. También exige construir entornos comunitarios que ofrezcan oportunidades reales para relacionarse, decidir y contribuir.

 

Ciudadanía: continuar siendo sujeto de derechos

La ciudadanía expresa la condición de todas las personas como sujetos de derechos, responsabilidades y participación en la vida colectiva.

No desaparece con la edad, la enfermedad, la discapacidad o la dependencia. Todas las personas mantienen el derecho a recibir información, expresar sus opiniones, participar en las decisiones que les afectan y contribuir a la sociedad de acuerdo con sus capacidades, valores y deseos.

En gerontología, hablar de ciudadanía permite superar una mirada que considera a las personas mayores únicamente como receptoras de servicios o cuidados.

Una persona puede necesitar apoyos y continuar siendo:

  • miembro de una familia;
  • vecina de un barrio;
  • integrante de una asociación;
  • consumidora con derechos;
  • votante;
  • voluntaria;
  • cuidadora;
  • transmisora de conocimientos y experiencias;
  • participante activa en la vida comunitaria.

 

Promover la ciudadanía significa crear condiciones para que pueda ejercer esos derechos y responsabilidades, evitando que la necesidad de ayuda la convierta en una persona pasiva o invisible.

 

Participación social: mucho más que asistir a actividades

La participación social significa formar parte de la comunidad, expresar opiniones, tomar decisiones, colaborar, influir en el entorno y contribuir de manera significativa a la vida de otras personas.

No consiste únicamente en asistir a actividades ni en mantenerse ocupado. Una persona puede acudir diariamente a una actividad diseñada por otros y disponer de muy poca capacidad para decidir qué quiere hacer, cómo desea participar o qué papel quiere desempeñar.

La participación auténtica requiere:

  • poder elegir;
  • tener acceso a información comprensible;
  • disponer de oportunidades reales;
  • recibir los apoyos necesarios;
  • percibir que la opinión expresada produce algún efecto;
  • desempeñar una función con significado.

 

Participar favorece la autoestima, fortalece el sentido de pertenencia y permite mantener un proyecto de vida activo. También beneficia a la comunidad, porque incorpora conocimientos, experiencias y formas diferentes de comprender la realidad.

Participar no es estar presente mientras otros deciden. Es disponer de oportunidades reales para elegir, contribuir e influir.

 

Inclusión: formar parte en igualdad de condiciones

La inclusión es el proceso mediante el cual todas las personas pueden participar plenamente en la vida social, comunitaria y cultural, independientemente de su edad, capacidades, origen, situación económica o estado de salud.

No consiste en incorporar a la persona a un entorno sin modificar nada. Exige identificar y eliminar las barreras que dificultan su participación.

Algunas barreras son físicas, como la falta de accesibilidad. Otras son comunicativas, económicas, tecnológicas, organizativas o culturales. También existen barreras derivadas de prejuicios y expectativas demasiado bajas sobre lo que una persona mayor o con discapacidad puede hacer y aportar.

Una sociedad inclusiva no se limita a permitir la presencia de personas diferentes. Reconoce el valor de la diversidad y transforma sus entornos para que todas puedan participar y contribuir.

 

Reciprocidad: poder recibir y también aportar

La reciprocidad es la posibilidad de dar y recibir apoyo, afecto, reconocimiento y cuidados a lo largo de la vida.

Las relaciones más satisfactorias no se construyen únicamente sobre la posibilidad de recibir ayuda cuando la necesitamos. También requieren que podamos aportar algo valioso a los demás.

Durante el envejecimiento, especialmente cuando aparecen situaciones de dependencia, es frecuente que la persona quede situada exclusivamente en el papel de receptora. Los demás hacen cosas por ella, deciden qué necesita y organizan su vida, pero apenas le ofrecen oportunidades para cuidar, enseñar, aconsejar, colaborar o asumir alguna responsabilidad.

Mantener la reciprocidad significa reconocer que cada persona puede continuar aportando de formas muy diversas:

  • escuchando;
  • acompañando;
  • compartiendo conocimientos;
  • transmitiendo historias y experiencias;
  • ayudando en tareas cotidianas;
  • ofreciendo afecto;
  • interesándose por los demás;
  • participando en decisiones familiares o comunitarias.

 

Sentir que los demás también necesitan algo de nosotros fortalece la autoestima, la identidad y el sentido de la propia vida.

 

Reconocimiento: sentirse visto, escuchado y valorado

El reconocimiento es la experiencia de sentirse visto, escuchado, valorado y respetado por los demás.

Constituye una necesidad humana básica y contribuye a fortalecer la identidad, la autoestima y el sentimiento de pertenencia. No basta con proporcionar cuidados correctos si la persona siente que nadie se interesa verdaderamente por ella, su historia o sus opiniones.

Reconocer a alguien significa:

  • llamarlo por su nombre;
  • escuchar lo que expresa;
  • tener en cuenta sus preferencias;
  • recordar lo que es importante para él;
  • valorar sus capacidades;
  • agradecer sus aportaciones;
  • mostrar interés por su experiencia;
  • hacerle sentir que su presencia importa.

 

El reconocimiento cobra especial importancia cuando cambian los roles sociales, disminuyen las oportunidades de participación o aparece una necesidad de cuidados. En esas circunstancias resulta fácil que la persona sea conocida principalmente por su diagnóstico o sus dificultades.

Reconocerla implica recuperar una mirada más completa: ver su historia, sus fortalezas, sus valores y aquello que continúa aportando en el presente.

 

Relaciones apreciativas: una forma de acompañar y cuidar

Las relaciones apreciativas son aquellas en las que la persona es reconocida y valorada por quien es, más allá de sus limitaciones, su enfermedad o su situación de dependencia.

Se apoyan en una mirada capaz de identificar sus capacidades, fortalezas, preferencias, valores, historia de vida y potencial de desarrollo.

Una relación apreciativa no ignora las dificultades ni minimiza el sufrimiento. Lo que hace es evitar que las necesidades ocupen toda nuestra mirada y oculten el resto de la persona.

El aprecio debe expresarse de una manera cotidiana y perceptible mediante:

  • la escucha;
  • las palabras;
  • los gestos;
  • la presencia;
  • la confianza;
  • el respeto a los ritmos;
  • el reconocimiento de las capacidades;
  • las oportunidades para participar.

 

En el ámbito profesional, cada encuentro puede transmitir a la persona que es importante y valiosa o, por el contrario, hacerla sentir ignorada, incapaz o irrelevante.

Desde esta perspectiva, cuidar también significa construir relaciones que protejan la dignidad, fortalezcan la autoestima y hagan visible el valor de la persona.

 

Rol social: seguir desempeñando un papel significativo

El rol social hace referencia al conjunto de funciones, responsabilidades y formas de participación que una persona desempeña en los diferentes grupos de los que forma parte: familia, amistades, trabajo, asociaciones o comunidad.

Los roles nos permiten contribuir, aprender, asumir responsabilidades y sentirnos útiles y necesarios. También participan en la construcción de nuestra identidad.

No son estáticos. Algunos desaparecen o se transforman con el paso del tiempo y pueden aparecer otros nuevos. La jubilación, una enfermedad, un cambio de domicilio o una situación de dependencia pueden modificar los papeles que una persona desempeñaba.

Sin embargo, perder una función concreta no debería significar perder todas las oportunidades de contribuir.

La pregunta no debe ser únicamente qué actividades puede realizar, sino:

  • ¿En qué cuestiones se sigue contando con ella?
  • ¿Qué responsabilidades desea mantener?
  • ¿Qué conocimientos puede compartir?
  • ¿A quién puede ayudar o acompañar?
  • ¿Qué nuevos papeles podría desempeñar?

 

Favorecer oportunidades para mantener, adaptar o descubrir roles significativos fortalece la autoestima, la pertenencia y el reconocimiento social.

Lee «Seguir teniendo un lugar en la vida»

 

Sentido de pertenencia: experimentar que tenemos un lugar

El sentido de pertenencia es la experiencia de sentirse parte de una familia, un grupo, una comunidad o un proyecto compartido.

No basta con pertenecer objetivamente a un grupo. Es necesario percibir que somos aceptados, valorados y reconocidos; que se cuenta con nosotros y que nuestra presencia tiene significado.

El sentido de pertenencia se fortalece cuando:

  • mantenemos vínculos recíprocos;
  • podemos contribuir;
  • asumimos alguna responsabilidad;
  • nuestra opinión se tiene en cuenta;
  • los demás se interesan por nosotros;
  • nuestra presencia y nuestra ausencia son percibidas.

Por el contrario, puede debilitarse cuando la persona siente que su presencia resulta indiferente, aunque viva acompañada o asista a numerosas actividades.

Pertenecer significa experimentar que tenemos un lugar propio en la vida de los demás y en la comunidad.

 

Soledad no deseada: cuando las relaciones no responden a lo que necesitamos

La soledad no deseada es la experiencia subjetiva que aparece cuando las relaciones que una persona mantiene son menos, o diferentes, de las que necesita o desea.

No depende exclusivamente de vivir solo. Es posible sentirse solo estando rodeado de personas y, por el contrario, vivir solo sin experimentar soledad cuando se mantienen vínculos satisfactorios y una conexión significativa con los demás.

La soledad puede estar relacionada con:

  • la pérdida de personas importantes;
  • el debilitamiento de los vínculos;
  • la falta de relaciones de confianza;
  • la disminución de oportunidades para participar;
  • la pérdida de roles sociales;
  • la ausencia de reciprocidad;
  • la falta de reconocimiento;
  • la experiencia de no sentirse parte.

 

Por eso no siempre se resuelve aumentando el número de contactos o incorporando a la persona a más actividades. Una intervención puede generar encuentros sin producir vínculos significativos.

Prevenir la soledad exige cuidar las relaciones, favorecer la participación, mantener roles con valor y ayudar a que cada persona pueda sentirse reconocida y necesaria para los demás.

Profundiza en «Antes de sentirnos solos dejamos de sentirnos parte de la vida»

 

Las relaciones también dependen de las oportunidades

El bienestar social no es únicamente una responsabilidad individual. No podemos atribuir la soledad, la falta de participación o el aislamiento exclusivamente a la actitud de la persona.

Las oportunidades que ofrece el entorno resultan determinantes. El transporte, la accesibilidad, la situación económica, la disponibilidad de apoyos, la organización de los servicios, la brecha digital y las actitudes sociales pueden facilitar o dificultar las relaciones.

Por ello, promover el bienestar social requiere actuar simultáneamente sobre:

  • las relaciones personales;
  • los apoyos disponibles;
  • las oportunidades de participación;
  • los espacios comunitarios;
  • las barreras físicas y sociales;
  • la organización de los servicios;
  • el reconocimiento de las capacidades y contribuciones.

 

No se trata solo de acompañar a una persona para que salga de su aislamiento. También debemos preguntarnos si estamos construyendo comunidades y organizaciones en las que realmente pueda participar y sentirse parte.

 

Comprender para construir comunidad

Los conceptos desarrollados en este artículo muestran que las relaciones constituyen mucho más que una fuente de compañía.

A través de ellas construimos nuestra identidad, recibimos y ofrecemos apoyo, ejercemos la ciudadanía, participamos, desempeñamos roles y experimentamos reconocimiento y pertenencia.

Promover el bienestar social exige:

  • cuidar el capital relacional durante toda la vida;
  • crear comunidades accesibles e inclusivas;
  • reconocer a cada persona como ciudadana;
  • ofrecer oportunidades auténticas de participación;
  • mantener relaciones basadas en la reciprocidad;
  • favorecer roles sociales con significado;
  • construir relaciones apreciativas;
  • fortalecer el sentido de pertenencia;
  • prevenir los procesos que conducen a la soledad no deseada.

 

Vivir bien también significa sentir que formamos parte de la vida, que nuestra presencia importa y que todavía tenemos algo valioso que ofrecer.

 

Para seguir profundizando

 

  1. Bienvenido a «Los fundamentos que nos guían»
  2. ¿Por qué necesitamos un marco conceptual para comprender el bienestar, el envejecimiento y los cuidados?
  3. Dignidad y derechos: el valor que nunca perdemos y cómo protegerlo.
  4. ¿Qué es la calidad de vida?
  5. Quién es la persona y cómo desea vivir: identidad, autonomía y proyecto de vida
  6. Cuidar sin sustituir: apoyos, interdependencia y atención centrada en la persona 

 

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